El vestido rojo que llevaba Cornelia, color que para las cercanîas tier-
nas y edulcoradas bien que se presta, se ajusta, se examina con ojo de
halcôn, aunque asimismo por sustituciôn pudiera remitirse a una vitalicia
imago engendrada por la irrigaciôn, y la primera noche que recibiô en su
casa a Sabinsqui, lo recuerda Kosmos de un pasaje escrito en alguna que
otra pâgina de "El bullicio en el silencio", debiêndose la reminiscencia a
un hecho contado recientemente por Rubria totalmente inesperado, y que
pasô el dîa en que estâ fue al bosque con su gran amiga con el propôsito
de algunas plantas desarraigar y volverlas a sembrar en su domicilio para
ponerlas en la hornacina, como si el orificio arqueado sirviêrales de coro-
na. Mas a Sabinsqui concomitâbalo su amigota Dina. Êsta, y tanto por su
especiosidad como por su sencillez, ganôse sûbito la admiraciôn y cariño
de Cornelia, dos dadorîas humanas que, de mantenerse, beneficiosamen-
te pudieran terminar engendrando una buena amistad. una simbiosis cu-
pulosa y un vînculo inderruible. Seguido al disfrute del aperitivo con de-
licias tîpicas de la ciudad del ocio, Cornelia sirve la comida silbando las
notas de una canciôn popular que tocaba un trovador bajo el balcôn y de
su enamorada, hasta que un dîa el progenitor de êsta mojôle la testa con
un cubo de agua, razôn basta como para dejar de tocarla en el mismo lu-
gar.
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