Despuês de la detenciôn correspondiente [por los soldados de guardia bâtaros]
y de la intervenciôn de la campesina [ quien acudio al magister equitum para rau-
do comunicarle que el llegante no era un desconocido], Teariôn es que puede con
soltura pasar a la corte y con sus ôculos disfrutar de las ingentes parafernalias ma-
yestâticas, asimismo que ser testigo de la incesante sombra engendrada por el gro-
sor de una ringlera de columnas, la que como tal podîa comparar con la indefecti-
ble de un tûnel secreto, aunque estableciendo esta semejanza (o relaciôn) quedâra-
se un tanto alejado de la justa o exacta por parangôn.
Dido ya habîa sido informada por el cibiosactes, de que Jancia esfumôse de la
corte sin conocerse el cuândo, desconocimiento total que similar confesaron tener
sus amigas âcraticas a raîz de la pregunta adecuada hecha por êl mismo, empero y
menos que por algûn tipo de interês por su vida, por el motivo concreto de no apa-
recer en la cocina a la hora justa o exacta en que daba comienzo la sanciôn. Mas y
si algo dejô cavilosa a su majestad no fue otra cosa, que la ignorancia por parte de
las âcraticas del destino de Jancia, reflexiôn que diole pâbulo (entonces) de arrum-
bar sus pasos al cuarto de êstas non plus ultra de siete minutos de haberse enterado
de lo que pasaba. Como resultado de la pesquisa breve obtuvo la misma respuesta
de las amigas de Jancia: No sabemos dônde estâ, no, no lo sabemos, a lo que segui-
do uniôse el hallazgo de Dido del diario de Jancia, el que por ethos siempre dejaba
encima de la almohada despuês de despertarse y de no dejar engurrado el sabanôn
que apellîdase de seda, el con un ampo tremendîsimo como el del mârmol de la im-
perial residencia. Ya en sus manos el diario llêvaselo consigo para leerlo en los pul-
vinares; los garantes, como ya sâbese, de una comodidad sabrosona allende que im-
prescindible, la que por extensiôn bien que podrîa onomarse regia. Y en fin, que ya
con su corpus horizontal sobre los pulvinares, diario enfrente de los ojos y las deli-
ciosas ambrosîas cercanas al alcance de su mano, la reina comienza a leer lo escri-
to por Jancia de jaez personal, quedândose con la boca abierta al saber del diaman-
te dadivado por Flacius Ilyricus, por lo que entonces no queda exenta de lo espera-
ble estimado al considerar a Jancia una chica con peculio basto, lo que significaba
claramente que donde quiera que estuviese podrîa vivir sin problema alguno, darse
el lujazo que le diera la gana; y hasta, por quê no?, comprarse una casa bonita.
----Disculpe que la moleste, Dido, pero quisiera presentarle a un viejo conocido del
estrecho de España---dîce la campesina.
----Mi nieta nunca me molesta. Y cômo se llama êl?
----Teariôn, se llama Teariôn.
----Quê gustazo, Dido, jamâs pensê conocer a una reina, encantado de conocerla, de
estar en un lugar como êste---dice Teariôn.
----No creo que nadie se quede con la boca cerrada al estar en un palacio, ya que yo
misma de vez en cuando la abro al volver a recrear mi vista en mi propia propiedad.
----Verdad que usted tambiên se encanta?
----Como lo acabo (de)cir. Creo que haya sido un momento desagradable, nada grato,
que te haya detenido la guardia bâtara a la entrada de palacio, pero cômo lograste que
te dejara pasar?
----Porque yo acudî al magister equitum y le dije que lo conocîa--dice la campesina.
----Y dônde ustedes se conocieron?---indaga Dido.
----En el Thermopolium del estrecho susodicho, allî, en esa taberna romana, en donde
mismo conocî al colosero...
----Quê cosas las de la vida: desaparece un conocido y aparece otro!
----Parecido a decir, Dido: se cierra una puerta y se abre otra, no?
----Me parece, por tu decir, que muy bien pudieras encajar en la Kosmona.
----Y quê es la Kosmona?
----La instituciôn creada por mi hijo...
----Mi padre!---afirma la campesina que pregûntale a Teariôn: viste antes de venir pa-
ra acâ a Kîntlico y a Tublides?
----Ni sabîa que estaban en el estrecho de España, por lo que pensando que estaban y
aquî, le traje una ingente lanza a Kîntlico que tuve que dejar en la garita del controla-
dor peonio...
----Y menos mal que la dejaste ahî, que si no la guardia bâtara te hubiera disparado y
una lluvia de flechas---dice Dido.
----Entonces, Dido, como que el controlador peonio me salvô la vida?
----No lo hizo con ese propôsito especîficamente.
----Quieres ver el palacio, digo, si no estâs cansado?---pregunta la campesina.
----Sî, me gustarîa, ya que nunca estuve en uno, como dije---responde Teariôn.
----Pues ven, que te lo muestro---dice la campesina que pregûntale a Dido: y eso que
leîas quê es?
----El diario de Jancia!
----No sabîa que tenîa uno...
----Yo tampoco.
----
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