El momento tempestivo llegôle a Prixeletes y al colosero para abordar y (a
hurtadillas) el navîo, cuando el controlador peonio sacô de la fila de los viaje-
ros llegantes a Teariôn, el que en el Thermopolium del estrecho de España ha-
bîale dadidavo a la campesina el papel blanco que forma parte de una ceremo-
nia de purificaciôn: el Kata-Shiro. El motivo de sacarlo aparte y de hacerle un
par de preguntas no fue otro que el del portar aquêl una ingente lanza, de la y
que dijo que era un regalo para Kîntlico de Kostâ, por la razôn clara y sencilla
(de)dicarse êste a la venta de objetos inveterados, aunque en el caso del que y
traîa no era de hierro, pero que por ser una antigualla vendrîale mirîfica al que
iba a recibirla. El controlador peonio entonces revela, que tanto Kîntlico como
Tublides de Malamonta no hacîa muchitanto abandonaron Bedriaco, por lo que
ya deberîan estar en el estrecho de España ocupados con sus negocios, sacândo-
le el peculio de las bolsas a los interesados en adquirir lo menester a un interês;
pero tambiên deja saber gratuitamente, es decir, sin pedir un centavo por su ac-
to servicial, que la ingente lanza podîa quedarse en su garita, sin importar para
nada el tiempo que allî estuviese vertical y recostada a una pared. Teariôn com-
pletamente de acuerdo entrêgasela y seguido pregûntale:
----Sabe usted cômo puedo llegar a la corte de Dido?
----Esa pregunta ya la he respondido varias veces, pero la vuelvo a responder.
Ve usted ese camino?--- pregunta el controlador peonio señalando---, pues tô-
melo y mantêngase en êl sin desvîo de ningûn tipo hasta el final, punto fijo en
donde estâ el destino al que usted quiere llegar.
----Muchas gracias, señor, muchas!!
El colosero desde lejos reconocîô a Teariôn; Prixeletes no lo conocîa, y cô-
mo podrîa olvidarse de êl si recuerda perfectamente su mirada dirigida a la cam-
pesina en el susodicho Thermopolium, una que calaña daba (indubitable) de que
un gusto era posible y un deseo por cumplir en funciôn del gusto destacôse cien
por ciento, como el arcoîris que seguido a la lluvia pônese frente a los ôculos en
medida y curvatura descollantes. A la postre ya esto daba igual, ya que de instan-
te o de momento abordar el navîo [de la manera susodicha] resultaba lo mâs im-
portante, lo que el querer no podîa tachonar con una justificaciôn con lengua mis-
quita, que es lo mismo a decir de otro lugar, forânea. Empero en tanto que êl co-
mo Prixeletes ya estân dispuestos a entrar en acciôn, sucede algo que por clasifi-
caciôn pudiêrase apellidar inesperado: Jancia aparece en el puerto y con la inten-
ciôn no de pasear, sino de (tambiên) treparse en el navîo
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