Montag, 15. März 2021

La cazuela de Vitelio (848)

 (en el segundo sistema)


     El secretario, Euticô, el centuriôn y el eunuco Posides dialogaban de sus pa-

sadas acciones, pero de las indelebles en el primer sistema. Mâs tarde llega sor-

presivamente el sprintia para participar de la actividad en curso, la que improvi-

sada tenîa lugar en derredor de una descollante hoguera no muy distante de la y

corte de Podacres, razôn por la cual la flama atizada con un fuelle mesopotâmi-

co fâcilmente podîa verse desde la casa imperial del padre de Casandra. A pues-

to sacando algunas de las mâs significativas experiencias empîricas, habla y con

gusto el centuriôn de la referente a la realizada el dîa siguiente de personalmen-

te haber conocido a Dido, la que informôle de los reos que tenîa en la ergâstula,

y por la que supo, entonces, que entre êstos encontrâbase un senecto amigo. De

esperarse era entonces que Euticô reaccionara compulsivamente para revelar sû-

bito que tal compinche era êl mismo, y que gracias a la liberaciôn pudo estar un

tanto cerca del pasado, al recordarse de los tiempos en que vendîale sus estatui-

llas al que ni pensaba llegar a ser jefe de una centuria en la milicia romana. Sin

embargo el centuriôn no contradice con verba oponente lo que estaba escuchan-

do, sino que mejor acentûa el aspecto conspicuo de su servicio militar como una

suerte que tuvo al conocer a un guerrero retirado, el que pûsolo en contacto aco-

pas con un militar de ingente rango y el que a su vez abriôle las puertas de un y

mundillo para êl hasta el momento ignorado. El secretario, en cambio, que bien

que sabîa de tal mundillo, no quedô atônito al penetrar por sus oîdos lo acabado

de escuchar, ya que conocîa perfectamente que ciertas atingencias podîan llevar

o conducir a otro tipo de circunstancias, las que deben salvarse con puntas si no

que con filos distinguidos. En el caso del sprintia, que nada con la milicia tiene

que ver, sacaba a relucir su presencia en una determinada corte, una que ademâs

era tan repetida, que considerarla como un vicio podrîa ser la justa clasificaciôn,

pero que sin ella no hubiera podido darse el lujo de tener mâs o menos una exis-

tencia buena, ya que de facto era garante del peculio que ganâbase entre telas y

arrugadas; en el de el eunuco Posides, la cosa vela por otros mares, con otro co-

lorido, engendrando otro escarceo en la conciencia senil, aunque tambiên la im-

poluta acciôn de colaborar histriônicamente con personajes de paso sin mascara-

da trâgica, sino que en funciôn de una representaciôn apegados a una escena de

efîmero corte.

      Simultâneamente Cornelia desde la corte divisa el flamîgero avivado, el que

a su vez diole pâbulo de salir de su cuarto y dirigirse al lugar donde exhibîa (pu-

diente) su amarillo. Pero sucede que al descender por los peldaños de la corte se

encuentra con Flacius Ilyricus, el que recientemente hablô con los dos soldados

bâtaros  posicionados entre la sombra de las columnas, siendo uno de êstos el y

por êl mismo matado con la punta del secespita y al estar de guardia en la caba-

ña donde estaban las mercancias quitadas a Sarambo, y de donde sacô el dadiva-

do diamante a Jancia. Cornelia al verlo si que asômbrase, porque reconoce indu-

bitablemente al hombre que de parte de un emperador le advirtiô, que si decîa y

de su embarazo con su majestad algo su vida corrîa pernicio, por lo que entonces

quedaba ostensible que era mejor que cerrara la boca.

----Mira con quiên vuêlvome a tropezar, quiên iba a decîrmelo.

----De dônde usted me conoce para que diga eso?---pregunta Flacius Ilyricus.

----No se acuerda usted de que de parte de un emperador me fue vedada la pala-

bra al respecto de quiên era el padre de mi hija Sunev?---pregunta Cornelia a la y

vez que acarîciase su barriga.

----Me parece que usted me confunde con otra persona, ni idea de lo que dice.

----Seguro, Flacius Ilyricus, seguro?

----Y cômo usted sabe mi nombre?

----Cômo no voy a saberlo si lo desconociera? Esto de lo que le hablo sucediô ha-

ce ya bastante tiempo; pero si me acompaña, al lugar donde hay una hoguera, le y

refresco râpido la memoria.

----De acuerdo, señora, que al parecer la he perdido.

----Muy bien y entonces vamos.






 










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