La pasada de Taranis afectô [partiêndola a] una rama del Iubhar, la que y al
suelo cayô sûbitamente apabullando a un escorpiôn que buscaba su imprescindi-
ble alimento. Veinte minutos despuês fue tocada por el pneuma de un inesperado
Cauro, el que llegado con pudiencia por el noroeste de facto la dejô desnuda, por
el hecho intachonable de haberla dejado sin hojas. A continuaciôn de estos dos y
naturales sucesos llegan a la sombra del Iubhar el grumete redomado y la bailari-
na pelirroja, mas ignorando totalmente el ônoma del ârbol aunque asimismo su e
inveterada simbologîa, lo que como tal indica que la estancia de ambos no era y
con el objetivo de encontrar detalles y datos a partir de renacimientos y transfor-
maciones, sino que debido a un menester solaz para aliviar el cansancio que sus
piernas padecîan, siendo de êste la razôn concreta la distancia recorrida. Xabier,
y con el propôsito de utilizarla para apoyar la cabeza, traslada la rama con el fin
de ponerla en una posiciôn mejor, algo que costôle un poco de esfuerzo por y el
motivo de estar exhausto. Al hacerlo dase cuenta del aplastado escorpiôn, el que
aûn movîa su cola como si quisiese horadar alguna materia con su aguijôn perni-
cioso, movimiento para êl sin explicaciôn alguna ni a partir de un razonamiento
lôgico efîmero tenido.
----Que no se te ocurra agarrarlo, que ese bicharraco es peligroso---dice la baila-
rina pelirroja.
---Cômo es posible que siga moviendo la cola si estâ muerto?---pregunta Xabier
tocando al escorpiôn con la punta del zapato.
----Quê sê yo!!, ni idea [....] por quê mejor no le das un pisotôn?
----Ahora mismo lo hago, sî, cômo no.
----Tengo la piel erizada, acaba de hacerlo---dice Corônide a la vez que frôtase la
piel de los brazos con sus manos.
----Ya, hecho: estâs mâs tranquila?
----Al fin lo hiciste. Sî, claro, y hasta dejê de erizarme.
Seguido a su decisiôn de pasar por la granja del leñador de Britania, sometîa a
una media velocidad Kosmithôs al corcel asturiano. Como jinete ya con experien-
cia, con dominio buenîsimo agarrando el arreo y ponderando los saltos sobre la al-
barda con una posiciôn a horcajadas cuasi profesional, la que a su vez favorecîa la
salud de su tafanario, Kosmithôs contemplaba el paisaje exento de alguna mîmesis
eyectada por su mente, cual animi iniectus conservador de una figura que de sope-
tôn interpônese con determinado vigor, la que ademâs indômita pudiera resultar si
es precario el mêtodo que la anula o la desdeña; confiaba en su miraba como Argos
con la sûmula de sus ôculos abiertos, aunque en su [casu] retinar no existiese el co-
rrespondiente o debido cumplimiento vigilar (concienzudamente) disciplinario, ser
de rigor de los guardianes selectos o de los iniciados a un culto, destacados paradig-
mas a raîz de un magno edicto o de alguna idolatrîa versada en campos antiguos en
funciôn de un acto especîfico que opônese a la felonîa, que detracta lo que no un se-
nil correveidile con (engorrosa) tendencia alcahueta.
No dilacionô mucho la bailarina pelirroja en quedarse dormida con los pies sin
calzado, algo que no hacîa falta comprobar por su incesante roncar, el que exacto y
precisamente impedîale a Xabier trasladarse de una dimensiôn a la otra, donde Mor-
feo impera sin trono y sin corona. Êsta fue la razôn por la que el grumete redomado
viose en la necesidad de buscar algûn entretenimiento, el que raudo encontrô al ocu-
rrîrsele la idea (de)senterrar al escorpiôn hundido, arrancarle el aguijôn que ponîale
fin a su cola y con el objetivo de pinchar el codo del brazo derecho de Corônide. La
reacciôn por parte de êsta no fue tan cêlere como esperâbase; tuvieron que pasar los
correspondientes segundos, dando igual ora cuântos fueron, para que diera calaña de
la respuesta a un inesperado estîmulo, ademâs de que por extensiôn un tanto ingrato,
si no que intempestivo y como tal oneroso.
Kosmithôs ya estaba bastante cerca del Iubhar, por lo que divisar que corrîa la y
bailarina pelirroja como una coneja asustada no fue imposible. Sûbito (o como un ti-
ro de flecha) entonces saca de la conductual recta al corcel asturiano a raîz de un ha-
lôn del arreo hacia la izquierda y sin perder tiempo va a salvar a Corônide, al pensar
de que corrîa huyendo de algo o de alguien. Llegado al punto preciso donde podîa y
rescatar a la vîctima con velocidad de pies, salta del cuadrûpedo como un brinco del
guerrero aqueo Aquiles, el que de facto acarreô que tanto êl, como Corônide, cayeran
al piso.
----Y tû de dônde saliste, apareciste como por arte de magia?---pregunta Corônide.
----Quê dices?, aquî no hay magia ninguna, sino un observar, una mirada posible, eso.
Y cuâl es el motivo de tu correr, te persigue alguien o es por otra cosa?
----La cosa es, Kosmithôs, de que tu amigo Xabier me pinchô el codo derecho con un
aguijôn de escorpiôn, ademâs de sacarme de mi dormir con esa gracia...
----Y por esa insignificante gracia tû corrîas como corrîas?
----Insignificante tal vez para ti, no para mî, que esos bicharracos son espantosos.
----Tû me disculpas, pero yo tengo que reîrme...
----Quê si no?, igualito a tu padre!!, pero gracias por venir en ayuda.
----Pero si yo vine en caballo...
----Y risas de Corônide.
----Bueno, trêpate en la albarda, que te llevo de regreso al Iubhar.
----Y cômo tû sabes que estâbamos aquî?---pregûntale Xabier a Kosmithôs.
----Saberlo?, no!!, quê dices?, si de hecho ni me dirigîa (a)quî.
----Y adônde entonces?
----A la granja del leñador de Britania, (a)llî, pero antes de salir te busquê en palacio
y toque en la puerta del cuarto de ustedes. Y desde cuândo ustedes son amantes de y
un ârbol como êste?
----Amantes?, si ni tan siquiera sabemos cuâl ârbol es---responde Xabier.
----Un tejo, un viejo tejo; el de las transformaciones y los renacimientos...
----Cômo, tû estâs jugando, no?----indaga Corônide.
----Nada de juego, nada de eso, quê va!!, no por gusto es el ârbol preferido de Ver-
cingetorix.
----No me digas, verdad?---pregunta Xabier.
----Como acabaste de escuchar, eso!!
----Entonces aquî pueden ocurrir cosas extrañas, raras o algo parecido?
----No es imposible, Corônide, no lo es.
----Pues sabes quê?, yo me voy de aquî y si tû quieres te quedas----dîcele Corônide a
Xabier.
----Kosmithôs, cabemos los tres en el lomo del corcel asturiano?
----Claro que sî!!, sin problema alguno, Xabier.
----Eso ya es otra cosa que sî me gusta---dice Corônide.
----Pues trêpense en el cuadrûpedo que nos largamos---anuncia Kosmithôs.
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