Zambullîanse en Albula las âcraticas (Lucila y Crotonia) con el fin de tener
aquel viejo placer e imprescindible en la însula de la Espuma. Fue êsta la incu-
nabula de aquêl, su origen indeleble, la tierra tocada por todas partes por salada
agua la que lo proporcionô, la que lo dejô al alcance de las pieles desnudas y de
todas las fêminas que en ella habitaban. Pero que no aparezca confusiôn porque
el deleite es el de nado, el de mover brazos y piernas y atravesar grandes distan-
cias separadas por dos puntos, dando igual dônde encuêntrense como asimismo
a las latitudes que pertenezcan, que mâs bien la cuestiôn recae en el hecho de y
nadar, hecho que a su vez era un conspicuo desafîo frente a las olas que engen-
draban dos golfos; ademâs que pudientes. Tendrîa colocaciôn entonces, encaja-
rîa perfectamente, no resultarîa intempestiva la cuestiôn de amplificar lo que y
vendrîa siendo un lôgico educir: si las âcraticas desafiaban al potencial de gôl-
ficas corrientes con un hecho determinado, el hecho de nadar en Albula, y con
una endeble corriente, les resultarîa tan fâcil; y, como tal, sin necesidad (de)sa-
fîo.
Un rato despuês aparece Angelicus, el que alquilôle un bote al cazador y al
que Dido pagôle unas monedas por este mismo bote hundido con la barca y del
barquero de la ciudad del ocio ya fallecido. Al percatarse de que las dos criatu-
ras fêminas nadaban desnudas, con un estilo mirîfico y una soltura profesional,
mas que ignorando que eran âcraticas, con la pertinente pericia deja sûbito y de
remar, y sin dilaciôn acerca la embarcaciôn a la orilla con los brazos, medio de
transporte con el que venîa por el oeste, latitud contraria a la que estaban aquê-
llas. Desde este mismo sitio, allende que protegido por el ramôn de un ârbol y
un tanto semicaîdo, y sacando sus prismâticos, comienza con su gozosa activi-
dad de contemplaciôn a distancia. Era de esperarse un emotivo raudo, y con y
êste un bombeo acelerado, un salir de los ojos por el cristal de los prismâticos
disparados como flechas, flechas que encajarîanse dulcîsimamente en las des-
collantes masas de aquêllas, y con un ampo tan destacado como el del mârmol
de Egipto. Mas si algo no era de esperarse, y que sucediô (tal vez) por la invi-
sible gracia de alguna deidad o celosa o vengativa, fue que el ramôn semicaîdo
desprendiôse completo del ârbol y cayô encima de Angelicus, de tal guisa que,
como no era mucha la altura, êste no fue apabullado por el peso de aquêl. De e
inmediato a lo que cuêntase, y por el ruido acarreado al chocar ineludiblemen-
te el ramôn con la madera de la embarcaciôn, las âcraticas enfocaron ipso fac-
to sus ôculos hacia el lugar del sonido que no era agradable. Con el dirigir sus
ojos hacia allî, Lucila dase cuenta de que una criatura salîa de abajo del ramôn
con cierta parsimonia, algo que diole pâbulo (de)cirle a Crotonia: en esa no tan
grande embarcaciôn hay alguien que necesita ayuda; que estâ en aprietos. Fue
asî que entonces ambas nadaron hasta el lugar del accidente lo mâs râpido que
pudieron, y que pudieron bien, por ser excelentes nadadoras.
----Pero señor, cômo fue posible que esta rama le haya caîdo encima?, y tuvo
suerte de que no lo matô---pregunta Lucila.
----Señor, nos estaba usted mirando con estos prismâticos?---indaga Crotonia
que a su vez dice: mire, si quiere vernos puede hacerlo, que estamos frente a
usted, que mirar no hace nada.
----Quê dices?, claro que no las miraba, que los prismâticos son para ver otra
cosa. Cômo que mirarlas, si ustedes pueden ser mis hijas.
----Le sale algo de sangre de su testa. A ver, incline la testa para echarle un po-
co de agua---dice Lucila.
----Gracias por la ayuda!!---afirma Angelicus.
Quince minutos despuês, y en lo que sacaban el ramôn de la embarcaciôn lu-
cila y Crotonia, regresan de la roca Tarpeya Kosmithôs y Kosmos. Êstos no es-
perâbanse el espectâculo que veîan: aquêllas desnudas frente a un señor del todo
desconocido, primera vez visto por ellos. No pudo eludir entonces Kosmos am-
plificar uno de sus epîmones favoritos: el perfume de cerca mata.
----Cômo que perfume, si estân mojadas?---pregunta Kosmithôs.
----No tômeslo tan taxativamente, mas dîgote una cosa: el buen perfume no lo y
quita el agua.
----Te equivocas, Kosmos, nosotras no usamos perfume---revela Crotonia.
----Ves, te das cuenta que tu epîmone no siempre funciona?
----Câspita!!, quê poca imaginaciôn que tienes, Kosmithôs, o que endeble es el
funcionamiento de tu magîn. Pudieras ser mâs racionalista que juglar.
----Vengan acâ los dos, si ustedes no se fajan de palabras no estân tranquilos?
----Lucila, que la ataraxia engendra verborrea circunspecta, mas para tener ecua-
nimidad la bronca semântica ayuda---dilucida Kosmos.
----Dêjate de pedagogîa, y por quê mejor no nos ayuda a sacar a esta criatura de
la embarcaciôn.
----Y cuâl es el ônoma de este ejemplar humano?
----Me llamo Angelicus, y tû quiên eres?
----Kosmos, el ûnico hijo de la reina.
----Y yo Kosmithôs, el hijo de Kosmos y Dido es mi abuela.
----Ah, si eres el hijo de Dido, entonces conoces al cazador, no?
----Y seguro que primero que usted, desde que era taumaturgo. Y por quê la pre-
gunta?
----Porque tu madre me pagô por el bote hundido que yo le alquilê a êl.
----El bote que se hundiô con la barca?---pregunta Crotonia.
----Sî, êse!!, y cômo tû lo sabes?---pregunta Angelicus.
----Quê no se sabe en palacio por la resonancia.
----Y quê bote es êse?---indaga Kosmithôs.
----No te me hagas la muerta mosquita---dice Kosmos.
----Quê muerta mosquita es êsa, quê es eso?
----Kosmithôs, puedes ir en busca de nuestras telas?---pregunta Lucila.
----Ya se van a vestir?
----Pero serâ descarado tu hijo, Kosmos?---pregunta Crotonia.
----Y risas de Kosmos que dice: es lo que tiene que ser, no otra cosa.
----O sea, que soy descarado?---pregunta Kosmithôs,
----Y risas de Kosmos.
----Señor, quiere que lo ayudemos a llevarlo a su casa?---pregunta Lucila.
----Les darîa las gracias dobles.
----Kosmithôs, acabarâs de ir a buscar nuestras telas?
----Allâ voy, Lucila, por quê me llamas.
----Y nuevamente risas de Kosmos.
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