Despuês del volver a mirar, del retroceso ocular (la idea del ojo asomante) que
posibilita otras ganancias, quedô exento Kosmos de la fijaciôn en la divisa, asi-
mismo que de la atracciôn acopas por la pêtrea esteatita, la que sucediô en un y
periquete sin dejar demasiada relevancia. Dispuesto entonces a seguir avanzan-
do, movimiento hacia delante que permitirîale parsimônicamente ir conociendo
lo mistêrico senecto del pasadizo, no inclinô la antorcha ni hacia la izquierda ni
hacia la derecha, sino que mâs bien mantûvola en el mismîsimo centro agarrada
con firmeza y un tanto elevada, razôn êsta por la cual iba quedando una mancha
oscura que muy bien [ por extensiôn ] pudiera servir como medio de orientaciôn
funcional; en este caso, claro estâ, de que no apagârase la lumbre de la antorcha.
Sea como fuere, la cosa es ----quede ostensible que no como una forma gloriosa
emanada del mundillo celestial que eyêctase con reciedumbre, sino mejor decir
o señalar que una mâs cercana y concreta de la que sabe el elegido, por lo que y
entonces no encaja en las fundamentaciones especîficas subrayadas en la orden
creada por su señorîa M, de Pasqually, un personajillo crîptico con pluralizadas
resonancias en un siglo con tormenta y arrebato hechizantes] que menester e in-
defectible Kosmos in aperti oculis status buenamente detecta la presencia de al-
go un poco mâs adelante, a su vez que posicionada a la izquierda, lo que le da y
pâbulo entonces de dirigir la antorcha hacia este lado y caminar un poco mâs de
prisa acosado por la curiosidad. Non plus ultra del tiempo debido lumina a la y
presencia ya estando frente a ella, allende que por ser la que era dejôlo sûbito y
estupefacto, atônito, y por lo que dice: Esto sî que es una gaya sorpresa, tû Inci-
tato, tû, y solamente tû!! A continuaciôn, o seguido al reconocimiento de la voz
de Kosmos, no demora el can en pasarle la lengua a la mano que con su forma y
manera acariciâbalo como cuasi siempre lo hizo, agregândose a esto el rapidîsi-
mo movimiento de su rabo, como si quisiera salirse de la parte a la que estaba y
sujeto, calaña indiscutible de un mor aeterno e incondicional, magno y diaman-
tino. Dejadas las caricias pertinentes y siete besos en la testa del can, el yendo y
de Kosmos continûa hacia delante; mâs flagrantemente, quê si no?, por Incitato
concomitado, el que con su compañîa diole al instante en curso una jovialidad e
inesperada. Empero sucede otra cosa transcurrido el vencimiento de unos consi-
derables metros; que a saber no es otra, porque no puede tachonarse, que la tâci-
ta llegada del gato (el que encontrô Incitato) del que fue taumaturgo. Ipso facto e
insôlitamente Incitato lânzase sobre el felino empero con amistable intenciôn, no
para morderle la cabeza ni causarle daño alguno, un detrimento descollante a raîz
de un golpetazo brusco, siendo entonces testigo Kosmos de una [entre ambos po-
sible] atingencia y la que llenôlo de satisfacciôn.
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