(EN EL OTRO SISTEMA)
A pesar de los golpecitos en el hombro dados por Atabân, Flacius Ilyricus
no pudo eludir echar una miradita a las piernas abiertas de Pilaris, empero
al hacerlo sintiô la sensaciôn de algo ajeno a su fruiciôn habitual, a lo que
ûnese la insôlita lentitud de su reacciôn compulsiva, la que siempre y muy
eficazmente le dio pâbulo a su organismo de alcanzar en un periquete sun-
tuoso placer. Un tanto confuso intentô una y otra vez formularse la misma
pregunta de formas disîmiles, mas aun asî no aparecîa la respuesta adecua-
da, correspondiente y justa, razôn por la cual decidiô entonces olvidarse de
ella, pero sin descartar la posibilidad de que a lo mejor, mâs tarde o si no y
que despuês la *respuesta aparecerîa sin ôbice de ningûn tipo, exenta de la
opositiva deidad oculta que no daba el beneplâcito de que fuese conocida.
Finalizado el viaje corto pero con sonrisa larga, arriba el coche del vetturi-
no Solger a la corte, y en su puerta esperaba Casandra al reciente llegado y
al segundo sistema asimismo que traido de la frontera de Irsû. Pilaris resul-
tô ser la primera en descender del medio de transporte, pero si algo en su y
semblante descollaba no era otra cosa que una jovialidad tremenda, siendo
êste el motivo de que el pavo real acercârase para acariciarla con su mîtica
cola. Casandra, contemplando el espectâculo atentamente, no tuvo dudas y
de que si el pavo real hacîa lo que hacîa significaba una sola cosa; la que y
a saber no es otra, por ser la cosa de las cosas, que la atinente al lujurioso y
desenfreno de Pilaris, la portadora por excelencia de una materia antigua y
bastamente responsable de las causativas deleitosas con poder magno, con
resonancia sempiterna, aunque hasta cierto punto y en dependencia de dôn-
de tengan posible eco y rebote pudieran considerarse absoluta y definitiva-
mente las engendrantes supremas de toda una atenciôn esclavizada, del en-
cadenamiento ôntico del deseo o de la concupiscencia, a una base inmôvil
con chisporreteo de fuego, al eje en derredor del que giran las afrodîticas y
estrellas con lumbre de atrape fuerte, y sin que pôngalas un analîtico en la
lista de los exâmenes pôstumos para someterlas a un confutamiento o si no
que a la tachadura de la pluma con pudiente tinta y punta larga: al empolla-
miento de un pensar de jaez inmarcesible?; pero, que ya ha dîchose mâs de
una vez, como en el segundo sistema todo es posible, habrîa que dejar pro-
vechosamente que lo no imposible fluya como rîo a su estuario, que las pa-
vesas caigan sin que necesariamente hâyanse encendido unas volâtilosas y
tagarnas en sûmula, carnaval del mâs con pluralizante enfocamiento, feste-
jo separado de la mano que lo programa para que de forma empîrica en un
dîa exhiba sus campanas oxidadas, sus polîcromas telas, su impoluto bulli-
cio sobre una horizontalidad somera, base tanto para las carrozas como pa-
ra los pies con danza y entusiasmo, calaña cupular de un divertimento dife-
rente del que por tedio sucede en la calle de la conciencia, el que a trancas
y barrancas alivia (si acaso) un chorro de pejigueras plûmbeo.
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