Consideraba el begardo, a continuaciôn de percatarse de la fijaciôn mental de
de Kosmos con el ônoma de la personificaciôn (Êride), que al parecer Bole tuvo
si no presente por monografîa tantîsimamente cercana la discordîa en su vida, de
lo que sale por extensiôn o rompimiento del nudo gordiano, que como resonancia
hereditaria la susodicha palabra aûn estê en pleno brollar, saltando o dejando y en
los integrantes de la familia mayestâtica ese tipo de poner atenciôn independiente
total de las presencias forâneas o locales que en cualesquier instantes sitûanse a la
zaga, delante o de soslayo al que hunde su mirada en la mar verbalizada en busca
de las pertinentes precisiones que alumbran o aclaran, sin descartar que asimismo
las que de alguna forma sustentan al corpus que interêsase por el saber.
Punto a la raya y que continûe la letra, piensa Kosmos al oir la barrabasada chi-
priota anterior; hasta donde conoce, de acuerdo y a partir de lo poco revelado por
su madre, su abuelo Bole fue propietario de unos cuantos desacuerdos y una canti-
dad de conflictos con su majestad Vologeso [ la que no ingerîa queso por cuestiôn
de acidez], mas aun asî la desavenencia no contaba con esa reciedumbre lujosa, si
no que bruñida por la lija conciencial, como para sobresalir o coruscar sobre la su-
perficie de un plano determinado y en funciôn de perpetuo desafîo, sino que a gui-
sa lenguada exhibîa su temporalidad con cimero gagueo, que es lo mismo (a)mpli-
ficar o decir que con excitada dilaciôn de lo timbrante acentuado, de lo que llega a
puesto, a colocaciôn opuesto a lo apagado, a lo insonante escaso de tildes.
En cambio, y a manera de resumen para eludir complejidades, el turilupino bo-
ca abriô para decirle a Kosmos, que gracias a la palabra ( esticomitia) cuatro veces
repetida y dos subrayada fue posible su discurso al servicio de un ritmo, de una in-
faltable melodîa que honoriza al imperio apolîneo, ceremonia musical allende que
acompañada por la flama de la antorcha, flamîgero dejante de un rumbo, de clarîsi-
ma señal en la parte superior del pasadizo, marca sempiterna basta para el uso.
Dispuesto el begardo para volver a hablar, para añadir (si acaso) otra melodîa y
otro ritmo; disîmiles, claro estâ, a la coloridad y vigor de su oponente, el que al ser-
lo respira nueces y especiosas margaritas, oye por êste el decir impepinable de que
en el suelo del pasadizo hay unas salientes raîces; y tan pudientes con su forma, de
facto impresionante y atractiva, que parêcense a las que su madre agarrôse cuando
el accidente en la roca Tarpeya.
----Kosmos, no es que se parezcan, es que son las mismas con extensiôn, con alon-
gamiento---dice el begardo.
----Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!!, verdad lo que usted ampli-
fica?----pregunta Kosmos alumbrândolas con la antorcha.
----Quê ganarîa yo con mentirte, de quê me vale, Kosmos?
----Quê, te interesan ahora mâs las raîces que los escritos de tu abuelo Bole?
----Debe saber usted que estas raîces no sôlo me salvaron a mî, sino tambiên a mi y
madre, no?
----Por supuesto que lo sê!!----responde el turilupino.
----Entonces, quieres ver hasta dônde llegan?, pero te adelanto que si traspasas ese y
punto lîmite podrîas caer en el vacîo----dice el begardo.
----Câspita!!, que esto pônese interesante, muchitantamente asî; y andando, que en y
calor entramos---dice Kosmos alzando la antorcha.
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