Como la conciencia puede mâs que cualesquier elucubraciones apodîcticas,
el cazador presêntase en palacio una hora despuês de haber abandonado Albu-
la. Al recibirlo el cibiosactes directamente, ya que al conocerlo suficientemen-
te bien los soldados de posta de la guardia bâtara una detenciôn no era menes-
ter, dêjale saber o comunîcale la urgencia de hablar con la reina. Ipso facto va
el cibiosactes a barruntarle a Dido sobre la visita del cazador, asimismo que el
objetivo de êsta, por lo que Dido le da el edicto de traerlo al salôn destinado a
recibir tanto a las personas conocidas como a las que jamâs habîa visto. Pasa-
dos unos tres minutos el cazador posiciônase frente a frente a su majestad; tan
enhiesto como una estaca da calaña de respecto, rectitud sin diferencia con la
adoptada en instantes en que espêrase un mandato o un reglamentado respon-
so por una indisciplina cometida, mas sin que la reprimenda hâgase con un al-
zamiento de la voz, una forma de intimidar o debilitar al que la recibe, y cuasi
siempre dejante de buenos resultados por tambiên causar impresiôn.
----A ver, cazador, quê me tiene que decir?---pregunta Dido.
Entonces el cazador, sin solapar nada ni colocar inventos en la lînea discur-
siva, narra tanto lo que vio como lo que sucediô; mas eso sî, por amistad y pru-
dencia, sacô de todo esto la presencia de Kosmithôs, pero ignorando que dos y
testigos habîan que êl no habîa visto que vieron en la barca a Kosmithôs: Corô-
nide, la bailarina pelirroja y el grumete redomado, Xabier.
----Le agradezco su sinceridad, cazador, y por lo que usted me cuenta no lo de-
claro culpable, porque mâs bien fue un accidente lo de la barca hundida.
----Fue tan râpido, Dido, que ni tuve tiempo sacar los cuerpos dormidos de la
embarcaciôn----agrega el cazador.
----Yo le creo, cazador, lo conozco lo bastante para no creerle, no se preocupe.
En lo atinente al dueño del bote que usted alquilô y se hundiô, dîgale que pase
por aquî, que yo me ocupo de lo demâs, ok?
----De acuerdo, majestad de acuerdo. Pero y los cuerpos que estaban dormidos
al hundirse la barca, que ya usted sabe a quiênes pertenecen?
----Dêjeme eso a mî, cazador, dêjemelo, y no se mueva de aquî, que en cuanto
estê lista la cantidad de soldados bâtaros de recorrido, usted irâ con ellos para
conducirlos hasta el lugar donde estâ esa barca; pero antes, y por tal razôn, de-
bo mandar a buscar al magister equitum.
----A su orden, majestad, a su orden.
Tras cerrar Dido la puerta del salôn y dirigirse al cibiosactes, al que enco-
mendarîale la tarea de barruntarle al magister equitum que viniese lo mâs rau-
do posible, êste crûzase con la reina acopas, a su vez que hâcele saber de una
detenciôn acabada de suceder a un personaje de cabellera larga, a pesar de es-
tar concomitado por la signora Lacrusea y Nausica, y que dijo que era un vie-
jo vecino del mago hiperôsmico, como que asimismo mâs conocido como el
cinciunatus.
----Usted se recuerda, magister, del casco que usted encontrô, entre algunas
antiguallas cumuladas por mî, y que parêcese al capacete de Plutôn (orci ga-
lea)?
----Claro que sî, majestad!!, pero ahora lo tiene su hijo: quê hay con ese cas-
co?
----Que segûn la memoria de Manes de Nicôpolis, ese cinciunatus fue el que
me lo vendiô hace ya un montôn de tiempo....
De inmediato es interrumpida la dialogizacîôn por la signora Lacrusea, pe-
ro para querellarse frente a la reina de la detenciôn del cinciunatus.
----Signora Lacrusea--dice Dido---, esos soldados de guardia cumplen con su
trabajo de protecciôn de palacio, con las ôrdenes que se les dan al pie de la le-
tra; y por tanto, como una de estas ôrdenes es detener el paso de cualesquier y
personas desconocidas, tuvieron que hacer lo que hicieron. Pero dîgame: cuâl
es el motivo de que usted estuviera con êl?
----Estâbamos en Albula descansando, y, de repente, el se apareciô frente a no-
sotras, nos despertô y comunicô sobre la barca hundida...
----Estâbamos?...
----Mi hija estaba conmigo, mas se acaba de ir a su cuarto.
----Ah, entonces ustedes tambiên saben lo de la barca..
----Como tambiên lo de las tres personas fallecidas. Y quiên mâs sabe lo de la
barca?
----El cazador, que estâ en el salôn de los recibimientos.
----Vaya, quê cosas que tiene la vida!!
----Quê usted quiere decir con eso, signora Lacrusea?
----Nada nada, yo me entiendo.
----Respecto a las tres personas sucumbidas usted las vio?
----Sî, las vimos!!, y fue ese cinciunatus, por ser buen nadador, quien las sacô
de la barca, segûn nos dijo êl mismo.
----Pues hagamos una cosa: usted, signora Lacrusea, venga conmigo al salôn, y
usted, magister equitum, trâigame al cinciunatus sûbito. Y otra cosa: disponga
usted del nûmero de soldados pertinentes para que recojan esos cadâveres y los
trasladen a palacio; cuando estên listos me manda a decir, para que el cazador y
los lleve al lugar donde estâ la barca.
----A su edicto, majestad---dice el magister equitum.
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