Cumpliendo con el cometido de asir un plumero para quitar el polvo, el que
ya convertido en una capa gris y gruesa descollaba como imperio, entrêgase el
flamen a una actividad muy distinta de la que por ethôs realizaba cuasi toda la
semana, lo que no quiere decir que la hiciese mal por no ser la habitual, empe-
ro sî con algo de pachorra por esta misma razôn. Para evitar la pejiguera en la
nariz causada por una sûmula de estornudos, y algo que hace antes de entrar
en uno de los recintos mâs inveterados del templo de Jano Quirino, cûbrese el
semblante con un pañuelo de seda hasta la parte inferior de los ôculos, mas to-
talmente exento de la reminiscencia precisa de quiên habîaselo dadivado, por-
que a la postre y al cabo un textil material como êse jamâs comprarîa ni por y
casualidad. El recinto susodicho estaba atiborrado de cajas y baûles, mas tam-
biên de utensilios de mâs de un tipo ofrecidos generosamente por las criaturas
asiduas al templo, las mismas que los Domingos asistîan obligatoriamente a y
la eucaristîa. Pasada una hora de estar con la labor de dirimir la capa polvosa,
la gris y gruesa que asimismo engendraba impresiôn, percibe el flamen una y
columna de cajas ya un tanto amarillas, consecuencia ineludible del inelucta-
ble paso del tiempo, empero que por razones de îndole inextricables interêsa-
se sôlo por abrir la caja que servîale de base a la susodicha columna, que y a
decir resulta lo mismo que la primera de abajo hacia arriba. Una vez abierta
êsta, abertura que sôlo fue posible seguido a quitar las cajas del mismo tama-
ño que estaban encima, de una sûmula de cartas es testigo su vista, pero una
sûmula de la que êl mismo ni se acordaba, no siendo otro el motivo que debi-
do al tiempo que llevaban guardadas y protegidas por el cartôn. Sin dilaciôn
entonces suelta el plumero y, buscando la mejor posiciôn para que su colum-
na no viêrase afectada por el rato que iba a estar sentado, comienza a leer ya
acomodado una por una de las cartas. Como unas castañuelas sentîase al re-
sultarle placentero las palabras mandadas y recibidas, enviadas por êl tanto
a conocidos como (a)cabados de conocer, palabras que regresaron retocadas
por el afecto y la consideraciôn que tenîan por êl los otros, sin que diera pâ-
bulo esto de un crecimiento de la altivez, o del suspiro campanero y a favor
de las causas mâs ilustres que no encuentran resonancia o rebote en esas lo-
calidades caracterizadas por un detalle exclusivo o por el rasgo incipiente o
inicial de promulgar medidas que van en contra de una senectîsima costum-
bre que pudiera resultar fatigosa para miembros de una sociedad que recha-
zan las resoluciones mâs absolutas dadas por el pensamiento a las complejî-
simas preguntas formuladas con soltura, hechas sin oponencias de un gober-
nador taciturno por haberlo abandonado su esposa. Empero si acopas empe-
zô a sentir el flamen como una especie de nerviosismo jamâs padecido, fue
por la razôn concreta de haber hallado, entre las cartas, las escritas con cali-
grafîa pimpante por el señor Bragnoli, una criatura con ingente saber allen-
de que con muy buen dominio de la lengua latina. motivo por el cual pudie-
ra quedar impepinable una cosa; que no serîa otra, que la de pensarse sûbi-
to que algunas de las cartas entre ellos estaban escritas en la lengua susodi-
cha, aunque realmente hasta el momento no hâyase encontrado alguna. Pe-
ro antes de continuar es preciso una dilucidaciôn.
La explicaciôn comenzarîa con el decir; o mejor dicho, con la revelaciôn
que hasta este momento tempestivo nunca habîase tocado; y, a saber, que el
señor Bragnoli es el hermano del tîo de Kosmos, y que asimismo fue el pri-
mer novio que tuvo Dido cuando aûn ni pensaba en ser reina, algo que muy
bien sabîa el flamen. Pero si hasta aquî no dîcese mucho, con lo que sîguele
muchitanto de la verdad saldrâ a relucir, a puesto, a colocaciôn.
Dido y el señor Bragnoli conociêronse un dîa despuês de la culminaciôn
de las fiestas de la Bona dea. Aunque aquêl habîa concentrado sus retinas y
en aquêlla dos dîas antes, por la razôn de ser fiestas sôlo para mujeres no tu-
vo la oportunidad de acercarse a ella por estar vedado. Dido, por aquel ya y
lejanîsimo entonces, estaba completamente solitaria; si de su madre nada sa-
bîa, o sabîa sôlo que habîase ido con Cotisôn Alanda Coto; con Bole, su pa-
dre, ya no podîa contar por haber sucumbido, lo que significa que de la par-
te de sus padres no saldrîa ningûn pero, o aparecerîa alguna oponencia lôgi-
camente causante de algûn impedimento que (obligarîala a encerrarse en el
cuarto y pasar el pestillo de la puerta?) detuviese su impulso en el caso de y
querer largarse de (la) casa. Mas el señor Bragnoli nunca imaginô que tan y
sola estuviese, clarando esto el porquê de la compra de los pertinentes rega-
los con el propôsito de caerle bien a sus progenitores, de ganarse un mêrito.
Llegada la hora siete del dîa despuês de la culminaciôn de las fiestas, aparê-
cese en la casa (la que demoradamente pasarîa a ser propiedad de Dido de-
bido a la burocracia vigente en los tiempos de su majestad Vologeso) el se-
ñor Bragnoli, eyectando un semblante con crecida jovialidad y trayendo en
sus manos lo que iba a dadivar. A raîz del adecuado saludo, de enterarse de
que en la casa no habîan padres ni otro tipo de autoridad, ni gato, ni perro,
ni cerdito domeñado, pasan los regalos a las manos de Dido; a los del inter-
locutor oîdos la palabra gracias, empero de una forma tan edulcorada dicha
que el señor Bragnoli se estremeciô, temblô al imaginarse que la lengua de
Dido era de diosa por su dulce movimiento, su pronunciaciôn. En fin, y pa-
ra concretar lo sucedido sin una verba alargada, que esa noche inolvidable
pasô entre palabras especiosas y narraciones interesantes. Con el transcur-
so del tiempo la hora siete de la noche quedô fijada como la exacta, justa y
propicia para las visitas; hasta que un dîa, y ya siendo Dido dueña de la ca-
sa, êsta decide abandonar su soledad al aceptar apodîcticamente que el se-
ñor Bragnoli vêngase a vivir con ella. A partir de este momento, y sin nin-
gun tipo de responso de la parte de Dido, el hermano de Bragnoli empieza
a visitar la casa, el que siendo un tanto mâs joven soñaba a todo trance con
ser secutor. Este sueño significô para Dido un sîmbolo de valentîa y coraje,
de vigor paradigmâticamente mâsculo; a lo que adjuntaba, por extensiôn, y
una muestra (de)safîo indubitablemente. Hasta cierto punto, este sueño fue
acarreando como una cierta atracciôn, una imantaciôn sumamente delicada,
sobre todo por tener en cuenta una forma esquematizada de pensamiento y
en aquella êpoca sustentada por tabûes y pre-juicios, por el decir de esqui-
nas, de orilla y con ajetreo dramâtico, lo que como tal incita a no perder la
pericia si el paso prôximo expusiêrase a un pernicio por la lengua cortante
del otro, por el ôculo mirante a la zaga de una ventana con su cortina pasa-
da.
Regresando a las cartas, el flamen podîa entender el porquê, porque de
facto sûpolo a travês de lo escrito por el señor Bragnoli, de que Kosmos y
en el ambiente de su novela contara con un personaje de jaez paterno, indi-
caciôn subrayada de que sus sospechas de quiên es verdaderamente su pa-
dre resuenan como matraca china, ampulan su magîn, ralentizan su expre-
siôn y escritura con la inventiva que es de su gusto y con su poderosa ima-
ginaciôn, de lo que sale que la sustituciôn por un polîmata (Brugnoli) sêa-
le tan fâcil como tomarse un vaso de agua, rascarse una rodilla y apabullar
una ampolla con el peso de un dedo. Mas el flamen, guardiân de los secre-
tos magnos, nunca barruntô a Dido sobre lo que êl sabîa; aun enterado, sa-
biêndolo, jamâs (por eso) dejô de acicatear a Dido con jerga teolôgica en
los momentos que mâs necesitâbalo, siendo uno de los mâs conspicuos y
nada fâcil de soportar el que tocôle sobrepasar al desaparecer de Bedriaco
el hermano de Bragnoli. Sobre el pucho al acto de cerrar la caja continûa
el flamen con lo que estaba haciendo, mas con la diferencia de asir fuerte-
mente el plumero.
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