Si por un lado sucedîa el traslado de los cadâveres [ de Meli, Circe y Hagapa-
jitas de Falogracia, el barquero de la ciudad del ocio] de Albula a palacio por los
veinte soldados bâtaros; por el otro, a pesar de la grisalla en el cielo que al pare-
cer anunciaba un prôximo aguacero, unos saltimbanquis daban funciôn de acro-
bacia, mas posicionada la cuerda fuera de la carpa de un circo. Uno de tales sal-
timbanquis, y por la necesidad urgente de micciôn, apârtase un poco del especî-
fico lugar donde estaba la cuerda, mas barruntado por el que hîzole el indefecti-
ble contrato, que si de no tenerlo verîase en una situaciôn problemâtica en el si
acaso caso de que el contratante no pagârale el peculio pertinente, de lo tantîsi-
mamente pernicioso que resultaban los herbazales en derredor, peligro no debi-
do a otra cosa que a la presencia de coralillos (reptiles ofidios de gran tamaño)
y de los que allende cuêntase que son (de ôrdago) tantîsimamente precisos co-
mo râpidos cuando de lo que trâtase es de la captura del mustêlido atractivo te-
jôn. A pesar de lo que pudiera, asimismo, considerarse una advertencia, el sal-
timbanqui hîzole poco caso, ya que al pensar que podîa escapar del ofidio rep-
til fâcilmente, mâs tuvo en cuenta su pericia que la longitud de la serpiente. Ya
entonces dentro del herbazal, sacado el miembro y orinando indiscutiblemente
deleitosamente, miraba la grisalla como un telôn gris tapando una considerable
parte del cielo, a la vez que recordândose de una leyenda senil contada (inte-
ligiblemente) un dîa ya lejano por su querido abuelo, el que precisa y regalada-
mente metiôle en su testa la idea de que fuera saltimbanqui. Contaba la susodi-
cha leyenda con el apoyo de las mentes (mâs) supersticiosas, lo que hasta cier-
to punto traduce, si no que del todo revela un aspecto interpretativo convertido
en aliciente para que duela menos la ignorancia, el hecho de hilvanar cosas del
todo responsables del crecimiento de la fantasîa, de que êsta prepondere perpe-
tuamente, de que proporcione la quantum satis de figuraciones desbarradas por
la canal de la conciencia que tachona lo empîrico y subraya los fantoches de un
escenario oculto, tîteres sostenidos, atañidos o favorecidos por los dedos que y
muêvenlos de consuno con vâyase a saber cuâl principio fundamental que defî-
nelos como relevantes: resonancias de un acervo con sus fantasmagorîas cupu-
lares? Y en fin, y una vez cerrada la cremallera del pantalôn sin dificultad algu-
na, el saltimbanqui dispuesto a regresar al lugar donde estaba la cuerda arrum-
ba sus pasos hacia êsta con la misma disposiciôn con la que sepârose y de ella.
A medida que avanzaba engendrâbase la convicciôn mâs creîble a su modo de
pensar, una que de facto ni activaba ningûn sentimiento ni acentuaba el verbo
periclitar, solvento contra los impulsos o empellones volitivos que señalan ha-
cia el acto justo en una circunstancia adecuada. Cuasi al faltarle la exactîsima
sûmula de siete metros, momento en que pârase para echar un vistazo general,
como si oteara desde una atalaya un campo con verdor pudiente, escucha y un
ruido de soslayo que pônelo sobre aviso. A raîz de sus retinas estar seguras de
que no habîa nada, algo que no pasô del tiempo concretîsimo de tres minutos
y cincuenta segundos, vuelve a mover sus piernas convencido de que no se y
detendrîa de nuevo, otra vez.
Media hora despuês comenzô a llover, y esta vez con mâs fuerza que la y
primera, Entre visibilidad que dificultâbase y relincho de algunos de los vein-
te cuadrûpedos de los soldados bâtaros, el cazador logra percibir una aglome-
raciôn de gente en derredor de un cuerpo posicionado horizontalmente sobre
la superficie fangosa. Yendo al frente de los veinte soldados y al lado del ma-
gister equitum, el que viose en la obligaciôn de alzar la mano con el objetivo
(de)tener a la pequeña tropa, y por la razôn pertinente de la presencia en me-
dio del camino de muchitanta gente, algo insôlito en Bedriaco que si no poco
visto hasta el momento, barrûntale el cazador al magister de lo que harîa rau-
da o inmediatamente, cosa que no serîa otra que la de ir a indagar lo que ver-
daderamente pasaba. Arreo en manos y la correspondiente interjecciôn [que
entenderîa su cuadrûpedo como señal de que deberîa empezar a cabalgar so-
bre la superficie donde ya el pastiche de tierra y agua resultaba posible] dirî-
gese el cazador adonde deberîa llegar, lugar en el que deberîa estar en un mi-
nuto y setenta y cinco segundos; no mâs, porque asî ya estaba precisado por
los matemâticos mâs înclitos, sin saber a ciencia cierta (o concretamente) la
identidad de estos matemâticos ilustres. Y en fin, que al cumplirse el tiempo
susodicho y otear por estar aûn sentado en la albarda, y seguido a dirimir la
figura circular engendrada por la aglomeraciôn, el cazador hace la siguiente
pregunta:
----Alguien me puede decir quê ha pasado aquî y quiên es ese hombre que y
estâ tirado en el suelo?
----Un saludo, cazador, cômo estâ usted?, ademâs de mojado.
----Mira quiên me hace la pregunta, el arquîatra Golemo, pero con esa capa
con capucha me fue difîcil reconocerlo. Yo estoy bien, como cuasi siempre,
y usted, quê hace aquî?
----Precisamente vine a ver a los saltimbanquis que dan esta ûnica funciôn
aquî en Bedriaco, y el que usted ve en el suelo es uno de ellos que ha sido y
mordido por un coralillo dentro de ese herbazal; estâ cuasi moribundo...
----Y usted no puede hacer nada, arquîatra Golemo?
----Sî que puedo, pero demorarîa en preparar el antîdoto correspondiente, y
por tanto lo mejor serîa que alguien le chupara el tôsigo depositado, algo que
yo no puedo hacer.
----Entonces no hay tiempo que perder. Voy en busca del psilo de la corte. Y
usted, me puede hacer un favor?
----Sî claro, cuâl?
----Ve usted a los soldados bâtaros?---pregunta el cazador a la vez que señala.
----No tan claro por la lluvia, pero...
----Bueno, vaya hasta allî y dîgale al magister equitum que nos encontramos y
en la corte, como asimismo el porquê de irme urgente a palacio.
----De acuerdo, de acuerdo!!
Sin dilaciôn alguna el cazador saca del cuadrûpedo su velocidad mâxima y
arrumbândolo hacia palacio. Con la intenciôn de cortar camino atraviesa el su-
sodicho herbazal como un disparo de flecha; pero al hacerlo, exento totalmen-
te de matices metafôricos o de otro recurso retôrico, viênele el recuerdo indele-
ble de aquella vez cuando cazô el tejôn en el mismo herbazal, empero que por
aquel entonces y en lo atinente a ocupar espacio, su tamaño era mâs reducido;
de que despuês de cazado cortôle la cabeza y regalôsela a Kosmithôs, quien y
por cuestiones de ceremonia la colgô en una de las paredes de su cuarto, aun e
ignorando lo que significaba hacer un ritual con la testa de un mustêlido.
En palacio, y del todo divertidas por la acicateante conversaciôn, la signora
Lacrusea y Dido intercambiaban verba como joyas con brillo un mercader de
Venecia. Contâbanse de todo, y de un todo la parte mâs significativa, paradig-
ma de que entre ambas vigente era una atingencia, un vinculo plausible ajeno
a las acentuaciones que denomînanse criticonas. Las dos siendo madres, indu-
bitablemente progenitoras con educaciôn distinta, amplificaban un cognoscen-
te tocado por la experiencia, uno mâs bien de sufrimiento por las flagrantes y
cosas causantes de capîtulos para el novelôn de la vida, sin que rescoldos con-
fluyentes sobresaliesen al por mayor ni retazos subrayados de alguna inquieta
aventura fuesen hilo conductor.
(Y toque en la puerta y el cibioscates interrumpe)
----Majestad, que el cazador necesita urgente hablar con usted.
----Hâgalo pasar, cibioscates, hâgalo pasar!!
----Disculpe usted, Dido, pero hay que resolver una cosa râpidamente---dice
el cazador.
----Râpidamente, de quê se trata?---pregunta Dido a la vez que acêrcase al ca-
zador.
----De una mordida de coralillo a un saltimbanqui que estâ moribundo.
----Pero de eso debe ocuparse el psilo y no yo, no?
----Mas es usted la que da las ôrdenes, sin su edicto no serîa posible la ayuda
del psilo.
----No se equivoca en lo que dice usted, cazador. Mire, vaya en busca del psilo
y dîgale de mi parte que vaya (a)tender a ese saltimbanqui.
----Allâ voy cêlere!!
----Y dîgame, cazador: los cadâveres quê?
----No demoran en llegar, llegarân pronto.
----Muy bien!!, entonces vaya en busca del psilo.
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