Donnerstag, 10. März 2022

La cazuela de Vitelio (969)

      Traspasado el umbral de la puerta del cuarto, amên de ser lo primero que hi-

zo por darle prioridad, Nausica cuêntale a Crotonia y a Lucila sobre "todo" y lo

sucedido en Albula. Por la fantasîa que despierta o el acicate que representa por

pensarlo mâs de una vez con fijeza o detenimiento, a Crotonia mâs interesôle lo

atinente al solaz a toda flor del cazador, interês demostrado por una buena canti-

dad de preguntas formuladas, mas ninguna exenta de la gaya alusiôn a preferen-

cias conspicuas por cuerpos que eyectan su candidez en ambientes donde de tal

guisa impera la naturaleza, aunque asimismo los correspondientes atractivos de-

talles que de facto colman la necesidad de un ojo que determinadas caracterîsti-

cas busca. Pero Lucila, lectora incesante de temas mîticos y creyente aferrada y

acêrrima de la suerte o del destino---en este aspecto, en el de lectora, algo tiene

de comûn con Nausica, Jancia y Sunev-----, mâs inclinôse a pensar (apodîctica-

mente) que las Morias no equivôcanse, no fallan, no ludican al entregarse a sus

tejeduras [esbozantes de algo asî como de un fin indefectible] ineluctables.

---Yo que las conozco a las dos mâs que bien, no me extraña que cada cual pôn-

gale atenciôn a una cosa concreta, mas aun asî son ustedes mis amigas, no?

---Vaya pregunta que haces, Nausica, claro que lo somos, cômo se te ocurre la

formulaciôn de una pregunta asî, cômo?---pregunta Lucila.

----Seamos lo que somos, que es lo que no podemos dejar de ser, siempre jun-

tas estaremos---dice Crotonia.

----Algo parecido recuerdo que dijo Jancia una vez, y miren dônde estâ vivien-

do ahora, en la ciudad del ocio---señala Nausica.

----Sî, es cierto, mas no creo que nosotras seamos Jancia, que es tambiên nues-

tra amiga a pesar de que estê allî, en Apragôpolis; pero ademâs, que bien que y

lo sabes, Jancia no se fue porque quiso, o ya te olvido?

----No se me ha olvidado, pero si hubiera querido se podîa haber quedado...

----Nausica, estâs pensando desde tu punto de vista, no del de Jancia, que no y

piensa igual que tû, ni nosotras tampoco...

---Estâ claro que pensamos diferentes, no entremos en discusiôn ahora por eso.

----No discutimos, hablamos, participamos de un diâlogo, intercambiamos pa-

labras, etc...

----Y dônde estâ tu madre ahora, Nausica?----indaga Lucila.

----Fue a ver a Dido para quejarse del arresto injusto del cinciunatus.

----Quê, que se fue a quejar con la dueña o propietaria del reglamento de pala-

cio?

----Ay si supieran, que mi madre querêllase hasta de lo minûsculo....

----En esto no te pareces en nada a tu madre, sacaste poco de ella---acentûa y

Crotonia.

----Yo no soy amante de las quejas; si acaso, lo que viene de la parte de mi pa-

dre difunto, de retocar detalles.

----Yo creo que retocar lo propio de la naturaleza es difîcil, porque si ya tiene

un toque que no es fâcil de realizar, imagînate re-tocarlo...

----Lucila, como que estâs hablando parecido a los contertulios.

----Quê dices, Nausica, si en primer lugar los odio; en segundo, ni tan siquiera

me acerco.

----Miren, que se ve desde aquî, desde esta ventana...

----De quê se trata, Crotonia?----fisga Nausica.

----De ese [....] cômo es que se llama el personaje que las despertô a tu madre y

a ti en Albula?

----Cinciunatus!!, pero no es su nombre sino como le dicen.

----Quê pasa con êl, Crotonia?---pregunta Lucila.

----Que el magister equitum lo trae a palacio.

----Eso significa que Dido dio el beneplâcito de que entrara en la corte---dice

Nausica.

----Y quê tû crees que pase con êl?----pregunta Crotonia.

----De pasarle yo creo que nada, porque como ya contê êl se ocupo de sacar los

cuerpos de la barca hundida.

----Seguro que tu madre mâs tarde te dice---dice Lucila.

----Seguro!!

----Y quê hacemos mientras tanto, a quê jugamos?---pregunta Crotonia.

----Da igual a quê, mas juguemos---colofona Nausica.


       En el salôn de los recibimientos, y al que llega el cinciunatus siguiendo al 

cibiosactes, Dido ya habîa entablado conversaciôn con el cazador y la signora

Lacrusea, la que [claro estâ por una lôgica infaltable o por un motivo especîfi-

co] tenîa que ver con el ya sabido suceso en Albula. Mas el cinciunatus acto y

de presencia hace en el mîsmîsimo momento en que la signora Lacrusea exen-

ta de sorna concentraba su mirada en el cazador, a la vez que el intercambio de

palabras fluîa con algo de soltura. Lejos de imaginarse el porquê de tal enfoca-

mientos de ôculos, el cinciunatus acomoda sûbito su tafanario en una silla pim-

pante, a raîz de que la reina concêdele el permiso de hacerlo. Pasados siete mi-

nutos de ya estar sentado, Dido interrumpe la conversaciôn para hacerle la pre-

gunta siguiente:

----Y cômo fue que usted dio con el lugar donde estaba la barca hundida?

----Mire usted, majestad. Yo caminaba placenteramente por Albula escuchan-

do el canto seductor de algunos pâjaros. De repente percibo unas vacîas y ta-

padas botellas que se acumulaban al ser arrastradas por la corriente. Esto pa-

reciêndome extremadamente raro me obligô a pesquisar râpido, investigaciôn

entonces que me llevô al lugar de donde venîan las botellas y en el que, insôli-

tamente, habîa una vorâgine...

----Es la palabra adecuada, porque jamâs yo habîa oîdo de un fenômeno como

êse en Albula. Pero siga usted con su narraciôn---pide Dido.

----Yo no puedo explicar el fenômeno, majestad; mas sî que, y por ser buen na-

dador, dispuesto a dirigirme al remolino nadê hasta êste, el que de forma enig-

mâtica desapareciô unos segundos antes de llegar a êl. De repente, y algo cau-

sante de un susto tremendo, veo que algo emerge del agua con un salto tremen-

do, reconociendo lo que era una vez que cayô sobre la superficie de la corrien-

te: un bote. Reconocido el objeto, diviso una soga que sujetaba al bote desde y

la profundidad, instante en que decido, y con la ayuda de la soga, descender y

hasta el fondo.

----Pero usted no me dijo de la vorâgine, cinciunatus----dice la signora Lacru-

sea.

----Ni yo....

----Ni usted quê, cazador?---indaga Dido.

----Que ni yo hubiese creîdo de un remolino de agua en Albula.

----Bueno, no interrumpan mâs para que el cinciunatus cuenta hasta el final lo

que pasô. A ver, continûe usted diciendo---dice Dido.

----Al llegar al fondo, y por tener buena respiraciôn, giro en derredor de la bar-

ca dândome cuenta de dos cosas: la primera, que la soga del bote estaba atada a

la cadena del ancla de la barca; la segunda, que salîan las botellas de una abier-

ta compuerta ubicada en la mitad de la barca. Interesado en saber mâs penetro y

por la compuerta, siendo entonces cuando descubro a las tres personas ya ahoga-

das, allende que totalmente desnudas.

----Y usted tuvo aûn suficiente aire en sus pulmones para trasladar a las tres per-

sonas del fondo a la superficie?---indaga Dido.

----Claro que no, majestad, ya era tiempo de ascender y rellenar los pulmones.

----Y entonces?

----Que subî y bajê seis veces, porque de una sola vez imposible de trasladarlas

a las tres.

----Yo tengo una pregunta, cinciunatus?

----Pregunte usted, signora Lacrusea.

----Cômo fue posible entonces de que sus ropas estuviesen secas al despertar-

nos a mi hija y a mî, y de que ni una gota de agua cayera de su cabellera larga?

----Signora Lacrusea, porque seguido a terminar de ubicar los cadâvares como y

usted los vio, puse a secar mis telas, y de paso hice un descanso que me hacîa y

falta.

----Mire, cinciunatus, el cazador fue el que amarrô a la cadena del ancla de la y

barca el bote, ademâs de que sabe muy bien del suceso, algo de lo que ya estoy

enterada---dice Dido.

----Pues yo, majestad, es primera vez que lo veo---dice el cinciunatus que al ca-

zador le pregunta: y por quê usted no hizo nada por esas tres personas?

----Primero porque no tuve tiempo; segundo, por no ser tan buen nadador ni te-

ner buena respiraciôn como usted...

----Eso lo puedo entender; pero, algo que no es imposible, no pudo haber pedi-

do ayuda?

----A ver, cinciunatus, que esto no es un juicio, asî que tranquilîcese, de acuer-

do?

----Disculpe usted, majestad, disculpe!!--afirma el cinciunatus que pregûntale

a Dido: majestad, puedo hacerle una pregunta?

----De cuâl se trata?

----Quê hizo usted con el casco que le vendî parecido al capacete de Plutôn?

----En las mîas ya no estâ, pero si en buenas manos.

----Lo que quiere decir que aûn existe, no?

----Asî es, cinciunatus, asî es!!


     Unos golpes en la puerta hacen que Dido diga: que pase el que toca, que la

puerta no estâ con pasado pestillo.

----Soy yo, majestad, y querîa sôlo saber si debo preparar algo de merienda.

----Prepârela sûbito, cibiosactes, y cuando estê lista me avisa.

----A la orden, majestad, a la orden!!




















 



 







 









  



 































   


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