A continuaciôn de finalizar con la funciôn contemplativa del corpus de Aspasia y
con su ampo como el de un copo de nieve, apago la luz y pongo mi testa en la almoha-
da, mas como olvidê abrir un poco la ventana, algo que por ethos resûltame indefecti-
ble, levântome y arrumbo mis pasos hacia al lado izquierdo del cuarto. Empero antes
de llegar a la ventana siento el golpecito continuo de unas priedrecitas en el cristal de
êsta, algo que, ademâs, es la primera vez que sucede, que es un hecho novedoso en la
avanzada nocturna. Para estar seguro de que Aspasia no habîase despertado por tal ra-
zôn êchole una miradita, siendo entonces cuando tengo que reîrme, porque al canto y
de yo mirarla ella comenzô a roncar. Como esto traduce que su dormir sin duda algu-
no era coralino, un apellido que sustituye al de profundo, con toda seguridad mi inda-
gativa tarea, y con la que podrîa saber quiên lanzaba las piedrecitas, harîala exento y
del pensar que pudieran descubrirme. Entonces, y ya en la ventana, saco la testa con
algo de cautê, no fuera a ser que una de las piedrecitas en vez de con el cristal choca-
ran con mi cabeza. En un periquete ocûrreseme la simpâtica titularia "La cabeza aso-
mante", empero como ora carecîa de relevancia êsta pûseme en funciôn de mi exclu-
sivo objetivo. Non plus ultra de unos segundos no contados diviso a Esmeralda aga-
chândose para apoderarse de otra piedrecita, la que de tal guisa no llegô a lanzar por
haberme visto, y por lo mismo hâceme señas con la mano para que bajara, ya que al
imperar el mutismo una insensatez verbal pudiera tener su tempestiva consecuencia.
A pesar de continuar roncando Aspasia no me vestî en el cuarto sino en el baño, ade-
mâs de miccionar para eludir sacar el miembro en la calle, dândome igual el dônde
siempre y cuando me resultase el ideal para dejar caer el chorro amarillo. Seguido
salî del baño sin descargar la taza, apaguê la luz, cerrê la puerta de êste, y tan raudo
como pude bajê por la escalera, que no con el elevador y debido al ruido que le ca-
racteriza por la senecto que es. Esmeralda esperâbame en la acera de enfrente, cu-
brîase su testa con el capuchôn de su abrigo y fumaba marihuana, pero no dilacionô
en cruzar la calle tan pronto me vio, como tampoco en darme un beso, y al que si-
guiô un abrazo aun mâs fuerte que el primero que me dio en la cabaña, y el que co-
mo tal diome pâbulo de hacerme esta pregunta: quê, estarâse muriendo de frîo?
---Kosmos, y por quê te demoraste tanto en bajar?
---Quê, que me demorê? Esmeralda, mâs râpido fue imposible. Mas lo relevante no
es que estê ora aquî, contigo, lo que es todo un riesgo, porque de despertarse Aspa-
sia...
---Kosmos, que tû eres una persona muy inteligente como para saber quê decirle a
Aspasia en el caso de que abra los ojos y no te vea en la cama.
---Êsa es la res!! Mas una cosa es lo que dîgale; otra, que parêceme la fundamental,
que crêame, que con el antecedente que tengo que crêame no lo creo, ni aun ampli-
ficando la verba mâs convincente.
---Kosmos, nosotras ya hicimos las paces, asî que no pienses mucho, lo que sê que
para ti no es fâcil por ser una persona que piensa, pero por lo menos intêntalo. Quê
te parece si damos una vuelta?
---No parêceme mal, mas ora nada de bosque de los liberales ni de cabaña tampoco.
---De acuerdo, Kosmos, de acuerdo. Tienes una idea de adônde podemos ir?
---Caminemos, Esmeralda, que caminando aparecen las ideas.
Despuês de caminar aproximadamente ciento y cincuenta metros las luces en-
cendidas del bus parecîan dos linternas ingentes en plena madrugada, y que precisa-
mente no estaban apagadas porque el medio de transporte estaba a punto de hacer su
recorrido, de partir a su trayectoria habitual.
---Ya sê lo que vamos a hacer, Esmeralda.
---Te dieron las luces una idea, Kosmos?
---Una pregunta interesante.
---Y entonces?
---Que nos trepamos en el bus, y damos una vuelta con êl por la parte de la ciudad y
que forma parte de su viaje de todos los dîas.
---Estâ bien, trepêmonos en êl, como dices tû.
Mas si algo ignoraba Esmeralda es que era el bus de la sofocaciôn y excitaciôn
efîmeras, lo que no traduce que por tener êstas una duraciôn corta fuesen desprecia-
das por la sûmula de viajeros que a diario cogen este medio de transporte tanto para
ir a trabajar como para ir a cualesquier partes de la ciudad pagando un peculio apelli-
dado por mî cosiato. Como este bus estâ regido por la soflama venusiana encaja esta
proposiciôn: quien no quiera sentir en su cuerpo una subida de la temperatura que se
traslade adônde le dê la gana en taxi. Quêdame claro que esta proposiciôn serîa teni-
da en cuenta por un porciento muy bajo de criaturas, de ciudadanos/nas mâs a favor
de los rayos apolîneos que del calor engendrado por la soflama susodicha, aun sien-
do real que el vigor de aquêllos actualmente no es el mismo al de (verbi gratia) diez
años atrâs. De tal guisa para Esmeralda, no para mî, el bus estaba huero por estar las
agujas del reloj marcando [nada mâs y nada menos que] las tres de la madrugada, lo
que entonces significa que podîamos contar los asientos del bus con tremenda facili-
dad; y no sôlo una vez, que si de repeticiôn trâtase cômo yo no estar conforme, sino
varias.
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