A raîz de bajarnos del bus Esmeralda abrazôme tan fuerte que tuve la sensaciôn
de que faltâbame el aire, empero como su reloj marcaba las siete y veinte de la maña-
na mâs tiempo no tenîa yo para alongar mi verba despuês de soltar la tempestiva que-
rella debido al apretôn que con sus brazos me dio. Despuês de dejarme saber inteligi-
blemete lo primero que harîa al llegar a su cuarto, lo que pareciôme tan lôgico y nor-
mal al ser un imperativo lujurioso el que exige y gobierna, sin dilaciôn despedîme de
ella y arrumbê mis pasos hacia mi apartamento. Como la distancia que hay entre êste
y la ûltima parada del bus no es muy larga, lo que de facto benefîciame por tener con-
tado el tiempo, lleguê a mi apartamento en cuestiones de pocos minutos, allende que
con una jovialidad tremenda por la razôn de que abrirîa la puerta con mi llave âurea.
Como tenîa que esconder tanto la marmita como el papel con la lista de los cincuen-
ta y dos fenecidos adonde primero fui fue a mi estudio, mas estando en êste y sacan-
do de mi bolsa la marmita, algo que hacîa agachado a la zaga de mi mesa de trabajo,
acopas Aspasia pregûntame:
---Kosmos, quê haces agachado detrâs de la mesa?
---Vaya susto que me has dado! Ya son las siete y media?
---Exactamente las siete y treinta y dos.
---Lo que traduce que hace dos minutos que dejaste el colchôn.
---Asî es, kosmos, pero aûn no has respondido la pregunta que te hice.
---Busco el bolîgrafo, el que algunas veces cae al suelo y desaparece: vaya enigma!
---Ahh!! Y dime: despuês que lo encuentres puedes preparame el cafê.
---Claro que sî meine süsse!! Dûchate tû que yo lo preparo.
---Quê dulce que estâs!! Acaso soñaste con alguna de tus ninfas?
---De soñar nada, mas que tener contacto directo con una ellas sî.
---Cômo? Me estâs mortificando?
---Estoy ludicando contigo.
---Bueno, quê si no? Estâ bien, y me voy al agua.
---Y môjate bien.
---Cômo no saber que esa palabrita te encanta.
---Cômo no me va a encantar si es fundamental para el crecimiento y desarrollo de
la planta?
---Eso, Kosmos, eso mismo!!
Y antes de preparar el cafê hice una cosa: puse sobre la mesa la hoja reparada y
el papel con la lista de los difuntos, y con el têlos de comparar la escritura. Como tan-
to en una como en la otra no tuve necesidad de utilizar una de mis lupas, porque nada
habîa de poco legible como para tener una ayuda del cristal de aumento, quedôme cla-
ro la descollante diferencia entre ambas, y asî pude comprobar que Teôfilo, el padras-
tro de Aristarco, no habîa escrito la lista susodicha. A continuaciôn de meter las dos
hojas dentro de la marmita y de esconder êsta en el lugar que pareciôme el adecuado,
fui a la cocina a preparar el cafê. En lo que lo preparaba llâmame la atenciôn una res:
que Aspasia cantara la misma melodîa que tiene la caja de mûsica que Juliette llevô-
se de la cabaña, mas como de momento lo prioritario era el cafê, el que a mî asimis-
mo vendrîame de maravilla porque al tomarlo no quedarîame dormido, me concentrê
en su preparaciôn menos que en pensar la pertinente pregunta que clararîa de dônde
conoce Aspasia la melodîa.
Pasados quince minutos Aspasia sale del baño como Venus del mar en una cono-
cida pintura [ mas que no encima de una ingente caracola sino de sus chancletas plâs-
ticas]. Como unas castañuelas cômo yo no iba a estar al concentrar mis retinas en sus
pêtalos, montîculos, curvaturas y piel con un ampo por parangôn de estrella? Empero
si algo fue la causa de mi desilusiôn, porque habîame ilusionado con un acercamiento
de ella y con êste la posibilidad de olerla de norte y sur, de sentir pegada a mi nariz su
piel fresca por el agua que la mojô, no fue otra que este imperdonable decir:
---Kosmos, no voy mâs allâ de donde estoy porque ahora sôlo quiero que me mires.
---De facto, Aspasia, es lo que ora estoy haciendo, pero...
---Pero quê, a ver, dime?
---Que es duro mirar y no penetrar.
---Pues sabes quê? Recurre a tu fantasîa que sî que la tienes grande.
---Por el oro de las retamas y la pûrpura de los brezos!! Esto es como si fuese un casti-
go que no me merezco, in-me-re-ci-do.
---Deja el drama, que ademâs de innecesario, a ti no te pega por ni ser...
---Sôfocles, Esquilo o el prîncipe de Dinamarca, verbi gratia?
---Mira, si es que de verdad no quieres que te castigue, que el castigo sea real, mejor
pon dos tazas en la mesa, la cafetera y la azûcar, que mientras tanto voy al cuarto a ves-
tirme.
---A su edicto, majestad, a su edicto!!
Media hora despuês pônese en funciôn Aspasia de ir a cumplir con el cometido
de cuasi todos los dîas: el de tocar el chelo en la catedral barroca. Quedândome enton-
ces solo voy a mi estudio para volver a leer la lista de las cincuenta y dos criaturas que
sucumbieron en el bus de la sofocaciôn y de la excitaciôn. Mas antes de sacar la lista
de la marmita pongo encima de la mesa la taza de cafê, ya que tanto el olor a êste co-
mo la cafeîna resûltanme el indefectible estimulante, mas que mâs bien por cuestiôn
de costumbre (la madre de cuasi todos los vicios) que por la de mantenerme los ôculos
abiertos, que de facto sin ingerir cafê mi dormir en tan corto que pudiera decirse que
veo por mâs horas el mundo de la realidad [ y como tal el del cambio por ser lo ûnico
que perdura, segûn el decir del oscuro de Êfeso] que el indeleble donde impera la ima-
go. Por cosas que pudieran ser o de la vida o de la causalidad--que tengan que ver con
la Parca Âtropo no queda descartado---, lo que traduce que por algûn motivo suceden,
la rerum es que de inmediaro a poner la susodicha lista arriba de la mesa câele enci-
ma la taza de cafê, lo que debiôse al codazo que le di a êsta al apoyar mis dos brazos
en la madera, lo trayente de la consecuencia que maculârase todo el papel de negro al
estar escrita la lista con una tinta de este color. De poco servirîa que pusiera a secar
el papel en la calefacciôn, porque al descorrerse la tinta ni un solo ônoma pude leer.
Que quê quedâbame por hacer? Sobre el pucho dirimir la forma de la hoja para segui-
do dejarla caer en el latôn de la basura; de formar parte del lûdico engurrarîala para
echarla en el cenicero, quemarla y soplar la pavesa, lo que hubiera sido de mi agrado
indubitablemente, ya que quien conôceme o hâyame leîdo sabrâ que en lo atinente a
deformaciones ni limîtome ni pôngole cortapisa al gozo por el que inclînome, amên
que fruiciôn (por antonomasia) con resonancia y repeticiôn tremendas. Con lo hasta
aquî expuesto (en exhibiciôn), discursado sin una compleja perîstasis, quiên podrîa
pensar que la musa Melpômene tiene que ver conmigo? En fin, que por carecer total-
mente de cercanîa con lo trâgico agarrê el latôn de basura y dejê caer la hoja conver-
tida en una sûmula de pequeños papelitos. Despuês de volver a poner el latôn en su
lugar y de echarle un vistazo somero al estudio reciente de arqueologîa, el que ya no
tengo que devolverle al zapatero Cliôn porque ya no estâ en este mundo, percâtome
de una cosa: que faltaba la pâgina anterior a la con la numeral diez, empero como no
interesâbame muchitanto saber el porquê mi tîo apoderôse de êsta, algo que de facto
podîa indagar con tan sôlo una llamada, pûseme en funciôn de organizar el caos des-
collante que habîa encima de la mesa, tarea que uno debe realizar (creo yo) con deci-
siôn absoluta que no con vacilaciôn.
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