Entonces no demora Aspasia en dejarme saber que la orquîdea quedarîa vertical
no en la de la sala sino en la ventana del cuarto, ya que de acuerdo a la posiciôn de mi
apartamento en êsta cuasi todo el dîa tendrîa la luz de los rayos apolîneos. De mi parte
refutaciôn ninguna como tampoco una pregunta en lo atinente a quiên de los dos le to-
carîa la responsabilidad de echarle agua a la planta por lo menos una vez a la semana,
mas lo que sî no pasê por alto fue la cuestiôn de la ornamentaciôn, asunto que para mî
es de mayûscula relevancia por la llana y sencilla razôn de la viveza (o vivacidad) que
adquiere un recinto a cabalidad o no adornado. Por lo que acabo de decir pudiera fâcil-
mente entenderse el porquê en mi novelôn yo saquê a puesto, a colocaciôn la siguiente
frase: lo adornativo que impide caer en taciturnidad. A pesar de la constancia de la da-
dora repeticiôn en mi novelôn esta frase la amplîfiquê una vez solamente en la segun-
da parte de êste, no siendo en otro momento que cuando Cornelia y Rubria regresaron
del bosque con el trêbol de cuatro hojas y Cornelia posicionô êste en el lugar adecua-
do en la sala de su casa en la ciudad del ocio (Apragôpolis). Parêceme que ya se pue-
de notar que tanto a Cornelia como a mî nos resulta indefectible la materia de la orna-
mentaciôn; que en Aspasia es mâs bien la iluminaciôn la res que primeramente valora,
que subraya la lînea lo que ya tiene resonancia, y que si [durable o] con duraciôn me-
jor.
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