Por ser la ûnica res (humana, demasiado humana) que raramente pudiera ser desde-
ñada por las retinas mâsculas, y debido a que despierta una emociôn que a su vez es ga-
rante del levantamiento de una dadora potencia, es que Aspasia sentada en una silla de
hierrro con dos brazos cruza las piernas e inclînase un poco hacia la izquierda. Sobre el
pucho los tres policîas que estaban frente a nosotros fijaron sus ôculos en el atrayente
paisaje que todos los dîas no puêdese ver en una estaciôn de policîa; empero que allen-
de rapidamente hechizante por tener Aspasia puesta una saya corta. Mas como todo lo
que empieza culmina, que nada grato es padecer de priapismo, los policîas terminaron
yendo al WC, pero no los tres a la vez sino que uno por uno. El motivo por el cual no
regresaran mâs, que de facto con la funciôn oficial con la que cumplîan era la de vigi-
larnos, lo ignoro, y como quien me ha leîdo sabe que en mâs de un Kairos en mi nove-
lôn saque a puesto, a colocaciôn la frase celebêrrima "de lo que no puêdese hablar es
es mejor callar" --cômo poderse hablar de lo que ignôrase?-- ningûn comentario de mi
boca saliô al respecto; aunque eso sî, que jamâs quedê en mutismo queriendo concre-
tamente saber algo, hîcele a Aspasia esta pregunta:
---Quê tû querîas lograr con lo que hiciste, que "el fin en todas las cosas es lo princi-
pal"?
---Kosmos, salir lo mâs râpido posible de aquî.
---Câspita Aspasia, verdad? Y dônde estamos aûn? Vaya, que si lo erôtico saca de una
estaciôn de policîa, que no alguna ayuda de alguien con influencia, con buenos contac-
tos o con poder, por paradigma, cuântas fêminas dieran calaña de resistencia al saber
que mostrando algo librarîanse del arresto?
---Bueno, Kosmos, por lo menos lo intentê. Pero quê malagradecido eres, que no lo hi-
ce sôlo por mî sino por los tres.
---Eso no soy yo, Aspasia, es que...
---Kosmos, mira quiên penetra por la puerta.
---Quiên es êse, Cratino?
---Aspasia, Yelas, el sepulturero.
Seguido a verme, y de yo dilucidarle la razôn por la que estâbamos arrestados,
Yelas no dilaciona en pedirme mi telêfono para llamar sûbito al general Francisco So-
tolongo Almendrades, ya que ni aun diciendo que fue êl quien me dio la llave que le
dio el zapatero Cliôn de su casa servirîa de mucho, porque cômo pudiera comprobar
la policîa su decir si êste estâ muerto. Por lo mismo serîa menester una pesquisa y por
la cual alongarîase mâs la cosa, la que de facto tendrîa una soluciôn definitiva con la
intervenciôn exclusiva de alguien con mayûscula charretera, o sea, con la del progeni-
tor de Esmeralda (Francis).
---Muchitantas gracias, Yelas, por la ayuda.
---De nada, Kosmos, de nada. Y menos mal que vine hoy y no mañana, como habîa y
pensado.
---Y por quê usted vino, Yelas.
---Por gestiones que debo hacer antes de la compra de la casa de Cliôn.
---Cômo? Usted comprarâ la casa? Kosmos, y por quê no me lo dijiste?
---Tiempo de sobra para decîrtelo, Aspasia.
---Y quiên es ella, Kosmos?
---Mi novia oficial!!
---Muy bonita muchacha, te felicito.
---Gracias, Yelas, gracias!!
---Un placer, Aspasia. Pero sabes una cosa? Con esa saya tan corta en este lugar co-
mo que...
---Yelas, es que antes de nos trajeran acâ limpiaba el suelo de la casa de Cliôn, y es-
ta saya, para tirarme en el suelo, me resulta cômoda.
---Y cômo tû entraste en la casa?
---Se lo digo en voz baja: por una ventana abierta, pero sepa usted que Cliôn fue al-
go asî como un abuelo para mî, ademâs de haber sido su vecina, ya que la casa de
mis padres estâ al lado de la que fue su zapaterîa.
---Cliôn fue un buen amigo mîo.
---Sî, ya me dijo Kosmos. Y sabe usted quê pasarâ con su zapaterîa?
---Eso no lo sê, Aspasia, tal vez alguien llame a la administraciôn para alquilar el lo-
cal.
Y hablando de llamada suena mi telêfono. La voz vigorosa de Francis resonô en
mi oîdo como un toque de campana, y de la que como un edicto sale lo siguiente: dale
tu telêfono a cualquier policîa que tengas cerca, que del resto me encargo yo.
---Y por quê le diste el telêfono a ese policîa, Kosmos?
---Por mandato del general, Yelas.
---Ah, entonces seguro que es para que este policîa le comunique al responsable del
arresto lo que debe saber de parte de Francis, y siendo asî la estancia que les queda a
ustedes aquî es corta. Y dime, Kosmos: cogiste los libros que te interesaban?
---Yelas, cuando precisamente estaba en eso llegô la policîa.
---Y la llave la tienes tû o te la quitô la policîa?
---Estâ en mi bolsillo izquierdo.
---Ah.. Pero no la saques ahora, o mejor dicho, quêdate con ella, que de momento no
la necesito. Y no olvides averiguarme lo del abogado.
---Quede con ataraxia, Yelas, que en cuanto regrese a mi apartamento pôngome y en
funciôn de eso.
Y acopas aparece un policîa con la nariz parecida a la de Sôcrates, barrigôn amên
que de estatura aproximadamente de 1.58cm; quêdasenos mirando como si mirase va-
ya a saber quiên quê cosa, y seguido a suspirar y mirar al techo, del que colgaban unas
telarañas embadurnadas de cal, lo que traduce que por lo humectante fue retocado con
un material de poca calidad, nos dice:
---Disculpen por el mal momento que tuvieron que pasar, pero antes de salir la firma
de los tres debe quedar en este papel, en el que consta que gracias al general Francisco
Sotolongo Almendrades, militar al mando de la academia militar, ustedes quedan inme-
diatamente libres.
Seguido a dejar cada uno de nosotros su firma en el papel, la que quedarîa sempi-
ternamente en êste en el caso de que no fuese botado conscientemente o alcanzado por
una flama, el mismo policîa dîcenos que sentîa mucho que en el tiempo de nuestra es-
tancia en la estaciôn nadie nos preguntô si querîamos tomar o comer algo, y que por lo
mismo querîa dadivarnos unos pesos para compensar la mala atenciôn que jamâs habîa
sucedido con ninguno de los arrestados igual de la ralea que fuesen y del estatus que tu-
viesen. A raîz de estas palabras yo lo mirê con fijeza, y para eludir entrar entrar en liza,
lo que allende no servirîa de mucho porque en esta ocasiôn utilizarîa una jerga comple-
ja, dîjele que nosotros lo que en realidad querîamos era salir de una vez de la estaciôn,
y que en lo atinente a la atenciôn dâbanos igual, Su reacciôn no fue la de poner buena
jeta; pero, que encaja como una pregunta tempestiva, quê mâs podîa hacer despuês del
edicto que dio (el de arrestarnos) con soltura regalada? En fin, que sacôse la mano del
bolsillo, dio media vuelta sin decirnos adiôs, y nosotros salimos de la estaciôn, empero
con mâs sueño que el mismîsimo Endimiôn. Seguido a cruzar la calle tuvimos que mi-
rar atrâs por la repeticiôn del sonido del claxons de un automôvil, y el que no era que
el del general Francis.
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