(en la taberna de Apragôpolis)
El lictor logrô que le soltaran los dos brazos asidos por los dos bructeros de
la tribu germânica, lo que consiguiô a cambio de una recompensa monetaria. In-
mediatamente al pago, uno de los bructeros dîjole que desapareciera de la taber-
na antes de que regresara su jefe, como tambiên que ni se le ocurriese comentar
con nadie lo acabado de suceder. A raîz de esto el lictor arrumba sus pasos hacia
la puerta del local, pero con cierta pericia recoge del piso el sacculum pequeño y
con las monedas dadas por Anaxîmetro de Apolonia a Pandolfo Colunnecio, caî-
da de la que êste no diose cuenta, y en el preciso momento en que conducîa a un
lugar aparte a Sarambo. La intenciôn no era quedarse con las monedas, sino mâs
bien cambiarlas por unas falsas, con el objetivo pôstumo de regresar al local con
cualquier justificaciôn y darle el sacculum pequeño a Pandolfo, acciôn concomi-
tada por buenas palabras, como sabîa pronunciarlas por su conocimiento retôrico.
gesto que a su vez engendrarîa la correspondiente confianza. Su câlculo habîa re-
caîdo sobre la idea funcional, de que seguro Pandolfo pagarîa con las cambiadas
monedas la bedida ingerida, tempestivo momento para que Sarambo, con todito
su derecho, hiciera su reclamaciôn oportuna. Entonces sin dilaciôn alguna y con
velocidad absoluta dirîgese a su casa, cambia las monedas por unas del invetera-
do imperio en la ciudad del ocio, y retorna a la taberna.
----Señor, yo no le dije que desapareciera de aquî?---pregunta el mismo bructero.
----Disculpe usted que regrese, pero debo entregarle algo que pertenece a su je-
fe, y mire es este sacculum---dice el lictor dândolo.
----Y por quê usted no me lo dio antes?
----Porque me apremiaba cumplir urgentemente con una necesidad, la que durô
unos cuantos minutos porque no evacuô con gran facilidad, por lo que me lleva
tiempo el pujar.
----Entiendo! Pero ahora vâyase, que despuês tendrîa que dar explicaciones, asî
que esfûmese de una vez.
Acabada la conversaciôn con Pandolfo Colunnecio, Sarambo regresa a la barra
estando de jeta, asimismo que pensando cuâl serîa su futuro en la ciudad del ocio.
De facto quedô convencido de que el precio a pagar que pidiôle aquêl de sopetôn
era imposible de soltarlo completo, por lo que no quedâbale otra salida que aban-
donar la taberna. Dentro de lo que pudo pensar en este instante subrayado inespe-
radamente por la nequicia ajena, fue escribirle al copero para ponerlo al tanto de y
esta situaciôn, el propietario de la taberna con residencia actual en Bedriaco. Pero
cuando dispônese a escribir oye que el bructero dîcele a Pandolfo Colunnecio:
---Mire, le entrego algo que es de su pertenencia.
---Y cômo es que tû la tienes, cômo?--indaga un tanto irritado Pandolfo Colunne-
cio y quitândole el sacculum de la mano violentamente.
----Me la dio el señor que usted a mî y al otro bructero nos ordenô agarrar por los
brazos....
----El lictor, el lictor!!---afirma Sarambo.
----Nôtase que a ese lictor el peculio no le falta, y dônde estâ?----fisga Pandolfo.
----Se fue a su casa, se fue!!
----Bueno, Sarambo, por ser su ûltima noche en este local, le compro un botellôn
de vino, y de paso para que vea que tan malo no soy, sôlo que hay cosas con las y
que debo cumplir por razones que a usted no le incumben.
----Mire, aquî tiene el botellôn.
A continuaciôn Pandolfo Colunnecio abre el sacculum pequeño, deja caer unas
monedas y dîcele a Sarambo:
----Coja usted las que el precio del botellôn pagan; pero no mâs, que puedo cortarle
la mano.
----Señor, pero estas monedas ya no tienen validez; ya son viejas...
----Y usted se atreve a decirme eso a mî?
----No es atrevimiento, no, no lo es y para que se convenza mire esto---dice Sarambo
mostrando la moneda en curso.
Como una rayo que cae sobre una superficie plana, indignado por la que pensô ma-
rranada hecha por Anaxîmetro de Apolonia, ipso facto edîctale Pandolfo Colunnecio y
al bructero, que salga inmeditamente a buscar a Anaxîmetro, y que si de resistencia da
calaña que lo traiga por lo pelos o a rastras.