Mittwoch, 27. Januar 2021

La cazuela de Vitelio ( 803)

 ( en Apragôpolis)


     Anaxîmetro de Apolonia, por razones de rescoldo que terminaron motivândolo

a planificar una venganza, habîa acudido a Pandolfo Colunnecio, el actual jefe de

la tribu germânica, cual una parte de êsta ya llevaba tiempo en la ciudad apellida-

da del ocio haciendo y deshaciendo a trocha y mocha, con el objetivo repasado de

barruntarle una cosa, siendo las exactas palabras êstas: Yo le pago a usted una par-

te de mi peculio ahorrado, pero a cambio debe usted ayudarme en algo, y que con-

siste en que inexorablemente amenace a Sarambo, de que de no pagar la pertinen-

te sûmula de sestercios que usted pide, igual cual sea siempre que no sea baja e in-

ventada por su imaginaciôn, tendrîa que abandonar la taberna si es que no quisiera

ver que su vida estuviese expuesta a peligro de muerte. Pero, ademâs, le informo y

de otra cosa, que a saber es la atinente a que si usted logra con lo intimidaciôn en-

gendrar el miedo adecuado, como para que Sarambo no le quede otra salida que la

esperada, yo le garantizo a usted el pago en efectivo mensualmente de un porcien-

to de mi ganancia en la taberna. Pandolfo Colunnecio no lo piensa dos veces para

decir que sî estaba de acuerdo, pero seguido y sin dilaciôn agregando: espero que

no tenga que mover mi lengua para que usted escuche que las monedas primero y

la acciôn despuês al pago de una parte de su ahorrado peculio. Claro que no tiene

que moverla, dêjela quieta y mire, aqui estân las monedas, dice sûbitamente Ana-

xîmetro de Apolonia y a su vez que entregândolas metidas en un sacculum peque-

ño. 

     En la taberna la sûmula de biberius asiduos estaba crecidita, quedando sin im-

portancia de momento la cantidad exacta y justa, Si acaso alcanzaba relevancia el

tema por todos hablado, el que de lengua a lengua resonaba en el local como ma-

traca china, y como tal penetraba por los oîdos independiente esta vez de la fuerza

o vigor de los vientos, los que por ethos en la ciudad del ocio hacen llegar a los oî-

dos noticias locales, razôn por la cual los habitantes entêranse de todo lo que suce-

de, asimismo que motivo de la existencia de la frase conocidîsima de que los vien-

tos en Apragôpolis transportan las noticias. Sacando a puesto, a colocaciôn el ha-

blado tema, el que referîase al hacer y deshacer a trocha y mocha de los bructeros

de una parte de la tribu germânica (la otra estaba en el estrecho de España), sobre-

saliendo entre corchetes el vandalismo, el asalto, los incendios y la violaciôn, cua-

ternaria razôn que infundîa un bastîsimo miedo como para que nadie saliera de su

casa; el lictor, que en realidad no era un biberius cien por ciento, sino alguien que

por tedio iba de vez en cuando a beberse unas copas, a disfrutar de un senecto es-

tîmulo propiciado por la dadorîa de Baco, asegurâbale a Sarambo sin ningûn tipo

de rodeo o perfeccionamiento expresivos, que lo que estaba haciendo la tribu de y

bructeros  no era nada nuevo, sino que mâs resultaba ser su principal caracterîsti-

ca y con la que lograba acarrear un centro de atenciôn, punto conspicuo de lo que

pudiera decirse un mecanismo estratêgico detalladamente repasado.

--- Serâ como usted dice, Lictor, que por el oficio que tuvo tiene mâs experiencia

que yo en eso, pero aun asî esa tribu ha creado una preocupaciôn y un miedo gene-

ral en la ciudad del ocio, algo que usted puede comprobar por lo que estân dicien-

do los aquî presentes---dice Sarambo.

---Una cosa no quita a la otra, Sarambo, comprendo que tales cosas sucediendo es-

tân, pero ha tenido en cuenta usted una cosa?

----Cuâl, lictor, cuâl?

----De que su taberna no ha sido ni saboteada ni asaltada por la tribu, como tampo-

co usted ha tenido problemas con êsta, no?

----Hasta ahora no, pero quiên sabe con lo peligrosa que es...


      Acopas una lluvia de flechas cae sobre la taberna, mas sin herir o matar a nadie,

sino  mâs bien con la intenciôn de dirimir la actividad de gozo y la de cotorreo, am-

bas propiciantes de una indiferencia frente a lo que realmente estaba sucediendo, de

un escape de una realidad concreta; consideraciôn, hasta un punto no incierta, soste-

nida por Pandolfo Colunnecio, el que al dar el edicto a la tribu de la cesaciôn del dis-

paro  de flechas, penetra por la puerta de la taberna como Vitelio por una de un pala-

cio  romano. Sonriente como una mâscara de un actor trâgico arrumba sus pasos con

destacada longitud hacia la barra, y ya frente a êsta lanza la siguiente pregunta:

----Es usted el señor Sarambo?

----El mismo que seca las copas y escucha su pregunta!, quê quiere de mî?

----Que venga conmigo que tengo que decirle algo.

----Usted no tiene derecho de entrar aquî, como Pedro por la puerta de su casa, y dis-

poner de la gente a su antojo---dice el lictor.

---Señor, si usted no quiere tener problemas, es mejor que se calle la boca---dice Pan- 

dolfo Colunnecio y mirando a dos bructeros, calaña por êstos entendida de una orden

de que sujetaran por ambos brazos al lictor.

----Se lo agardezco, Lictor, pero no se busque problemas, que yo voy con este señor

a ver quê tiene que decirme---dice Sarambo.



 



 




 


  

    











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