( en Apragôpolis)
Anaxîmetro de Apolonia, por razones de rescoldo que terminaron motivândolo
a planificar una venganza, habîa acudido a Pandolfo Colunnecio, el actual jefe de
la tribu germânica, cual una parte de êsta ya llevaba tiempo en la ciudad apellida-
da del ocio haciendo y deshaciendo a trocha y mocha, con el objetivo repasado de
barruntarle una cosa, siendo las exactas palabras êstas: Yo le pago a usted una par-
te de mi peculio ahorrado, pero a cambio debe usted ayudarme en algo, y que con-
siste en que inexorablemente amenace a Sarambo, de que de no pagar la pertinen-
te sûmula de sestercios que usted pide, igual cual sea siempre que no sea baja e in-
ventada por su imaginaciôn, tendrîa que abandonar la taberna si es que no quisiera
ver que su vida estuviese expuesta a peligro de muerte. Pero, ademâs, le informo y
de otra cosa, que a saber es la atinente a que si usted logra con lo intimidaciôn en-
gendrar el miedo adecuado, como para que Sarambo no le quede otra salida que la
esperada, yo le garantizo a usted el pago en efectivo mensualmente de un porcien-
to de mi ganancia en la taberna. Pandolfo Colunnecio no lo piensa dos veces para
decir que sî estaba de acuerdo, pero seguido y sin dilaciôn agregando: espero que
no tenga que mover mi lengua para que usted escuche que las monedas primero y
la acciôn despuês al pago de una parte de su ahorrado peculio. Claro que no tiene
que moverla, dêjela quieta y mire, aqui estân las monedas, dice sûbitamente Ana-
xîmetro de Apolonia y a su vez que entregândolas metidas en un sacculum peque-
ño.
En la taberna la sûmula de biberius asiduos estaba crecidita, quedando sin im-
portancia de momento la cantidad exacta y justa, Si acaso alcanzaba relevancia el
tema por todos hablado, el que de lengua a lengua resonaba en el local como ma-
traca china, y como tal penetraba por los oîdos independiente esta vez de la fuerza
o vigor de los vientos, los que por ethos en la ciudad del ocio hacen llegar a los oî-
dos noticias locales, razôn por la cual los habitantes entêranse de todo lo que suce-
de, asimismo que motivo de la existencia de la frase conocidîsima de que los vien-
tos en Apragôpolis transportan las noticias. Sacando a puesto, a colocaciôn el ha-
blado tema, el que referîase al hacer y deshacer a trocha y mocha de los bructeros
de una parte de la tribu germânica (la otra estaba en el estrecho de España), sobre-
saliendo entre corchetes el vandalismo, el asalto, los incendios y la violaciôn, cua-
ternaria razôn que infundîa un bastîsimo miedo como para que nadie saliera de su
casa; el lictor, que en realidad no era un biberius cien por ciento, sino alguien que
por tedio iba de vez en cuando a beberse unas copas, a disfrutar de un senecto es-
tîmulo propiciado por la dadorîa de Baco, asegurâbale a Sarambo sin ningûn tipo
de rodeo o perfeccionamiento expresivos, que lo que estaba haciendo la tribu de y
bructeros no era nada nuevo, sino que mâs resultaba ser su principal caracterîsti-
ca y con la que lograba acarrear un centro de atenciôn, punto conspicuo de lo que
pudiera decirse un mecanismo estratêgico detalladamente repasado.
--- Serâ como usted dice, Lictor, que por el oficio que tuvo tiene mâs experiencia
que yo en eso, pero aun asî esa tribu ha creado una preocupaciôn y un miedo gene-
ral en la ciudad del ocio, algo que usted puede comprobar por lo que estân dicien-
do los aquî presentes---dice Sarambo.
---Una cosa no quita a la otra, Sarambo, comprendo que tales cosas sucediendo es-
tân, pero ha tenido en cuenta usted una cosa?
----Cuâl, lictor, cuâl?
----De que su taberna no ha sido ni saboteada ni asaltada por la tribu, como tampo-
co usted ha tenido problemas con êsta, no?
----Hasta ahora no, pero quiên sabe con lo peligrosa que es...
Acopas una lluvia de flechas cae sobre la taberna, mas sin herir o matar a nadie,
sino mâs bien con la intenciôn de dirimir la actividad de gozo y la de cotorreo, am-
bas propiciantes de una indiferencia frente a lo que realmente estaba sucediendo, de
un escape de una realidad concreta; consideraciôn, hasta un punto no incierta, soste-
nida por Pandolfo Colunnecio, el que al dar el edicto a la tribu de la cesaciôn del dis-
paro de flechas, penetra por la puerta de la taberna como Vitelio por una de un pala-
cio romano. Sonriente como una mâscara de un actor trâgico arrumba sus pasos con
destacada longitud hacia la barra, y ya frente a êsta lanza la siguiente pregunta:
----Es usted el señor Sarambo?
----El mismo que seca las copas y escucha su pregunta!, quê quiere de mî?
----Que venga conmigo que tengo que decirle algo.
----Usted no tiene derecho de entrar aquî, como Pedro por la puerta de su casa, y dis-
poner de la gente a su antojo---dice el lictor.
---Señor, si usted no quiere tener problemas, es mejor que se calle la boca---dice Pan-
dolfo Colunnecio y mirando a dos bructeros, calaña por êstos entendida de una orden
de que sujetaran por ambos brazos al lictor.
----Se lo agardezco, Lictor, pero no se busque problemas, que yo voy con este señor
a ver quê tiene que decirme---dice Sarambo.
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