Dos dîas despuês del suceso lascîvico en Albula, y barrunte que llegô a los
oîdos de la reina a travês de la lengua del flamen, Dido sanciona a Jancia a labo-
rar todito un mes en la cocina de palacio, castigo no tan debido a la cuestiôn del
gozo excesivo, sino a la atinente a la de haberle quitado a uno de los caballos [de
los dos prestados por el magister equitum a raîz del edicto de ella misma el mis-
mo hemêra del suceso] de la guardia bâtara el arreo de cuero grueso ataviado con
la imago de una serpiente estirada, que como ya sâbese es una caracterizaciôn ex-
clusiva de los cuadrûpedos pertenecientes al corpus de vigilancia de la corte. Non
plus ultra de unos siete minutos de haberle (personalmente) dado a conocer a Jan-
cia la sanciôn, le da al magister equitum la orden de que vaya a la instituciôn con
el objetivo preciso de buscar a Prixeletes, ya que como parcionero de lo aconteci-
do asimismo serîa castigado, siendo la parte que correspôndele la de cômplice.
La campesina entêrase por Nausica [que lo pudo saber gracias a la lengua de
la signora Lacrusea, su madre], de que el colosero desenfrenadamente dejô que las
manos de êl deleitâranse con la cândidez de la piel de la âcratica concupiscente; y
de tal manera afogarada, programa de êsta tanto pericia como incesantez excitan-
te, que con tan sôlo mirar bastaba para alcanzar una regia complacencia, lo que es
anâlogo a un estado oponente a una virtud determinada, que de facto como tal re-
chaza acadêmicamente y pone cortapisas---- no gira el trompo de no existir el per-
tinente cordel----. Êste es entonces el momento que comprende el porquê de la re-
pentina ausencia del colosero, por lo que descartada quedô su idea de que era de-
bida al ûtlimo tropiezo verbal que en el cuarto tuvo con êl, colisiôn que allende de
su acontecer pondrîasele el apellido de fresca, mas no por atrevida sino por recien-
te. Empero la comprensiôn no bastôle para quedarse en el cuarto, sino que fue ip-
so facto el aliciente (o el empellôn mâgico que al movimiento incita) para que sin
dilaciôn saliera de êl y arrumbara sus pasos adonde Dido estaba: en los pulvinares.
La comodidad de Dido era tal (en los pulvinares), que de alguien soltar acopas
la interjecciôn "aûpa" seguramente quedarîa sin caso, que si no que expuesto a un
desdên absoluto, a la que no es indiferencia sabia ( objetivo estoico: ataraxia). Pe-
ro el solaz amigable, repetido e infalible, ethos subrayado con plumbagina que pu-
diera definirse âurea, es interrumpido por la llegada del cibiosactes, quien aparece
con su porte y aspecto alejandrinos para acentuar un recado:
----Me ha dicho el magister equitum que le dijera que Prixeletes no estâ en la Kos-
mona, cual no es êste otro el motivo de mi aparecer, que perjudicô su descanso.
----Y por quê no vino directamente el magister equitum a decîrmelo?-----pregunta
Dido cambiando de posiciôn: de la horizontal a la vertical.
----El porquê no lo sê, majestad, lo ignoro, lo desconozco.
---Le dejo saber entonces, para que lo conozca, que muy pronto estarâ en la cocina
Jancia durante todo un mes, asî que usted es el encargado de darle a hacer lo que us-
ted crea.
----A su edicto majestad, al suyo!! Ya puedo retirarme?
----Puede ya, cibiosactes, puede!---responde Dido que a su vez le pregunta a la cam-
pesina que acêrcasele: y quê le pasa a mi nieta portadora de un semblante triste?
----Que no sê dônde estâ el colosero, aunque sê por Nausica ya lo que hizo...
----Ya estoy enterada por el flamen, y por eso sancionê a Jancia a trabajar en la coci-
na. Pero sabes una cosa?
----Cuâl?
----Que Prixeletes no estâ en la Kosmona...
----Y quê significa eso?
----No lo puedo asegurar cien por ciento, pero sospecho que ambos de acuerdo se pu-
sieron para desaparecer.
----Usted cree, y por quê?
----Por lo que hicieron y fueron descubiertos. Pero no desesperes, que ya mandarê a la
guardia bâtara a que haga un recorrido por todo Bedriaco; y ven, acomôdate aquî a mi
lado, que si las cosas pasan un objetivo tienen.