Cambiando de ubicaciôn para que la verba afogarada por un momento men-
gue su potencia temperatural, regrêsase a Jancia y a Prixeletes que ya estaban un
tanto cerca de Albula. Pero antes de centralizarlos a ellos llega a barrunte lo que
sucediô seguido a que el dûo saliera del barrio de los Sigilarios.
La ventana exenta de cortina de la casa con la numeral 460, en el barrio suso-
dicho, flagrantemente diole la posibilidad a Jancia [como ya sâbese] de echar una
miradita a la intimidad del recinto; mas asimismo otra cosa, que el guacamayo se
convirtiera en testigo visual de la presencia a hurtadillas de Jancia, algo no tenido
en cuenta por êsta ni imaginado, que aquêl empezaba a dar calaña de sordera mas
no de confusiôn o trastorno visuales. Ahora bien, y debido a la abertura de la ven-
tana misma por Antîmaco de Ocamitân, no siendo otro el motivo (especîfico) que
por la cantidad de humo concentrado de mâs de una tagarna--tanto Konfuza como
Antîmaco ni tan siquiera fumaban chicha otomana, como el alquimista Epîdea de
Acopio, por lo que resultaba innecesaria la tenencia de un cenicero de cristal [ de
Murano?], pero lo que como consecuencia trae consigo que al piso llegue la grisa-
lla de las pavesas----fumada por Gaye Macinas, el guacamayo aprovecha la opor-
tunidad para escaparse, ya no esta vez con el telos definido de volar un ratico pa-
ra entretenerse, sino para salir en busca de Jancia igual dônde estuviera, y asî ha-
cerle saber, a su manera, que para êl ella no pasô desapercibida.
Dentro del improvisado recorrido de la vuelta, sin un plan previo a manera y
de programa que la hiciese mâs divertida, o tal vez cien por ciento lo suficiente-
mente acogedora y grata, incluyôse la compra de los elementos menesteres para
Prixeletes y en funciôn pôstuma de realizar el trabajo artîstico (el busto), la que
posible fue en el mismo barrio de los Sigilarios pero en sus arrabales, sitio donde
moraba un senil compinche de Euticô y con ingentes reservas de materiales para
confecciones de trabajos de tal jaez. Prixeletes ni conocîa el sitio ni al nombrado
compinche, pero sucediô que con ambos dio sin pensar demasiado si tratâbase de
casualidad o de causalidad, Jancia, con su tîpica contentura, su soltura destacada
y seductora por su caminar bonito, siêntese ademas poseîda por un conspicuo en-
tusiasmus, ya que Albula para ella significaba algo suntuoso por el beneficio que
le proporcionaba y la sensaciôn que garantizâbale al hundirse en el agua transpa-
rente, instante de contemplaciôn de su piel a toda flor, con su anâlogo ampo al de
una especiosa orquîdea con lozanîa atrayente y tonalidad impoluta. Mientras mâs
cerca de Albula mâs crecîa su emociôn, su corazôn latîa pudiente, su respiraciôn
acelerâbase y a punto estuvo de soltar una sonrisa, la que posible no fue eyectada
por lo que sucediô acopas: el guacamayo posôsele en el hombro izquierdo brutal-
mente y con el pico pinchôle el cuello acarreândole un ligero sangramiento. La y
que como reacciôn tuvo Prixeletes, fue la de ipso facto agarrar el guacamayo con
sus dos manos sin vacilar si hacerlo de la manera indebida; o sea, si haciêndolo y
como lo harîa fuese responsable de un desprendimiento de plumas o de algûn da-
ño que resultara fatal. Non plus ultra de unos segundos dêjalo libre y el guacama-
yo levanta vuelo y piêrsede de sus vistas. A continuaciôn dice Jancia:
----Se me ha manchado el vestido de sangre, por lo que tengo que lavarlo antes y
que la sangre se pegue a la tela. Ya Albula estâ cerca, apurêmosnos.
----Y êse no es el guacamayo que vimos en el âgape de palacio?
----El mismo, Prixeletes, el de Konfuza----responde Jancia que le pregunta a Pri-
xeletes: me puedes ayudar a bajarme la cremallera?
----El cierre por detrâs?
----Hay algûn otro?
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