Mittwoch, 3. Februar 2021

La cazuela de Vitelio (810)

    Total y completamente consciente de que lo que tiene que contar no tiene me-

dida corta, dîcele la signora Lacrusea a Nausica: A ver, por dônde empiezo. que

me resulta difîcil. Seguido a respirar profundo y acomodarse en la silla da inicio

a  su narraciôn. Comenzarê con revelarte que  Tircano Cilatino estuvo por un no

muy largo tiempo trabajando en la corte de Cotisôn Alanda Coto, siendo especî-

camente su funciôn la de informante secreto. Durante ese perîodo una noche fue

testigo del encuentro de Lolia Paulina con uno de los amantes que tenîa, que no

era otro que Akalistôn, tu padre. Dos semanas despuês entêrase Tircano Cilatino

de que Cotisôn Alanda Coto, poseîdo por la celosîa, iba a dar el edicto del arres-

to de Akalistôn a su guardia personal. Tircano Cilatino, y calculando el pertinen-

te beneficio, asimismo que estando consciente de que cualesquier reos de su ma-

jestad Cotisôn Alanda Coto, el rey de Ferencia, terminaba ineludiblemente bajo

la cuchilla que cortaba la cabeza, intercede a favor de Akalistôn dândole funcio-

nalmente a Cotisôn Alanda Coto la idea, de que en vez de cortarle la cabeza que

pagârale una buena suma de dinero a cambio de que olvidârase de su mujer. Un

tanto que costôle a Cotisôn digerir esta idea, pero al final terminô por tragârsela

completa. A raîz de esto, Tircano una noche acude al lugar donde cuasi siempre

encontrâbanse  Lolia Paulina y Akalistôn; espera allî hasta que ambos despîden-

se, y cuando Akalistôn retirâbase lo llama y barrûntale lo que debîa saber, pero

sin dejar de acentuar que, por lo que habîa hecho por êl, querîa un porciento del

dinero que recibirîa. Akalistôn estâ de acuerdo, se lo agradece y pregûntale dôn-

de podîan verse despuês de recibir el peculio. Tircano (entonces) le dice el sitio

y la hora precisa, mas sucediô que al lugar no vino Akalistôn. Ahora bien, y se-

guido al fenecimiento de Cotisôn Alanda Coto, provocado por un asesinato por

sorpresa y en su mismo cuarto, la corte deja de existir y, tanto Tircano Cilatino

como Akalistôn, mâs nunca se ven. Pasados unos diez años, y en una feria de la

ciudad del ocio, Apragôpolis, yo conozco a Tircano Cilatino y, por su forma de

expresarse y de apariencia me enamorê de êl perdidamente. Entramos râpido en

relaciôn, vînose  a mi casa y me regalaba flores, me preparaba el cafê con el lle-

gar de la aurora y sostenîamos conversas breves en el amanecer. Un buen dîa me

entero, y por estas mismas conversas, de que êl (deplorablemete) a una mujer no

podîa fecundar, algo que me causô una tristeza tremenda; pero como en cantidad

lo querîa, no tuve otra opciôn que de momento olvidarme de ser madre. El tiem-

po pasa y êl empieza a maltratarme, como si convirtiêrase acopas en otra criatu-

ra, en  una fiera  que golpeaba y abusaba de mî, siendo êsta la razôn, como ya se

sabe, de mis  consultas con Pempeo Noncola en el colegio de los sacerdotes Sa-

lios. Como dicen que el amor es ciego, yo busquê mis solventos a partir de los y

medios que me proporcionô Pempeo Noncola; hasta que un dîa, en la misma fe-

rîa, conozco  a otro hombre, que  tratâbase  nada mâs y nada menos que del mis-

mîsimo  Akalistôn, Su mirada hacia mî fue tan cargada de vigor, que yo me sen-

tî como una piedra atravesada por un rayo. Acercândose a mî dejô con especiosa

firmeza palabras con significancia, algo que no estaba muy lejos de una podero-

sa seducciôn, Con los dîa y las horas, con el fluir de tal seducciôn yo claro que y

me  dejê  arrastrar, cosa que finalizô con mi sentirme bien al estar por sus brazos

abrazada. Una tarde yo me desnudê e hicimos el amor, la que fue la planificada a

que yo quedara embarazada, asimismo que la justa para que Akalistôn hiciêrame

saber de su pasado, por lo que entero que conocîa a Tircano Cilatino. Ipso facto a

la dicho le dije que yo estaba con el susodicho, por lo que su reacciôn fue desco-

llantemente asombrosa, y tan asî que tuve que arroparme, no fuera a ser que diê-

rale por flagelarme o algo parecido y tuviera que huir completamante desnuda y

frente a la vista de no sê yo cuântos curiosos afuera. De tal guisa, y seguido a mi

vestirme, el entrô en calma y me contô lo de la buena suma de dinero dada por y

Cotisôn Alanda Coto, que êl guardô en una maleta. Llegado el momento preciso

le dejê saber que estaba embarazada de êl, siendo su respuesta que no querîa nin-

gûn hijo tener. Pero si una cosa favorable sucediô, fue que Tircano Cilatino dejo-

me por otra mujer, y asî la cosa porque pude hacer mi tiempo de embarazo y sin

dificultades ningunas. Cumplido êste llegas al mundo tû, pero como yo estaba en

una situaciôn de pobreza bastante crecida, hasta el punto que ni tan siquiera darte

el bâsico sustento podîa, acudo a Akalistôn para que se ocupe de eso. Êl mantuvo

su firmeza en la negaciôn de no tener hijos, pero al cargarte y tenerte entre sus în-

gentes brazos me dijo que se ocuparîa de ti. Con el tiempo êl empieza a visitarme

por las tardes, pero como yo habîa vuelto con Tircano Cilatino, resultô imposible

para mî aceptar una uniôn con êl, y por dos razones: la primera, porque Tircano y

me resolvîa mi situaciôn; la segunda, porque aûn estaba herida por decirme tu pa-

dre que que no querîa hijos. Como sigue la cosa es que Tircano vuelve a sus mal-

tratos y a sus golpes, por lo que veome en la obligaciôn de acudir a las correspon-

dientes autoridades para denunciarlo, logrando poco con eso, porque segûn lo que

me dijeron entre marido y mujer nadie se debe meter. En fin, para ir simplificando

el discurso, que un dîa regreso a casa y me encuentro con el cuerpo ensangrentado

en el suelo de Tircano y atravesado por un cuchillo. razôn por la cual a mî me con-

denan a quince años de cârcel, porque segûn el jurado que dictô la sentencia, resul-

tâbale evidente que yo tenîa un motivo para asesinar a Tircano Cilatino. Cumplida

la sentencia lo primero que hice fue ir a casa de Akalistôn, pero en la puerta habîa

un sello de las autoridades que indicaba que el acceso a la casa estaba todo y com-

pletamente vedado. Previo al final agrego otra cosa: en la prisiôn me enterê, por y

un guardia, del caso de la desapariciôn de Akalistôn de la ciudad del ocio, la que y

como  tal no supe el porquê; y mâs criptica aûn, sabiêndolo por el mismitico guar-

dia, de que ocurriô exenta de conflicto alguno o flagrante amenaza.   












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