Samstag, 27. Februar 2021

La cazuela de Vitelio (834)

         Amplificô Kosmos, que no quedarîa blanco de la tercelona la mascarada

de un gentilicio, el artificio (si no que maula) por razones repasadas, a raîz de

que el cazador atisbara la estatua pequeña  [ de Hermes cargando al niño Dio-

nisio]; y dijese, seguido a un hallazgo de la vista, que el nombre del artîfice no

estaba grabado a su pie.

-----Entonces, Kosmos, la tercelona de la verba, no?---fisga el cazador.

-----Câspita!!, que dêjame usted jovial, cazador, por la comprensiôn sûbita de

la transposiciôn cuasi obligatoria, de ahî que no falte o se ausente de mi parler

sans accent---dice Kosmos mezclando pincelada con ironîa.

----Kosmos, no llegô a mi katalêpsis lo ûltimo de lo que dijiste, mas no sê por

quê me parece que es una de tus artilugios expresivos---señala del didâscalos.

----Yo sôlo sê que dîjelo!!---afirma Kosmos que dîcele al cazador: la estatua es

un trabajo de Prixeletes, el artîfice es êl, ese mismo.

----El artîfice se ausenta por su presencia, en otro lugar, amorosa---versa el va-

te.

----Por lo que entiendo, Kosmos, que el no grabar su ônoma fue un câlculo an-

ticipado por Prixeletes, no?---indaga Asonis.

----Mâs o menos estâ usted, Asonis, captando la emisiôn---dice Kosmos.

----Cômo le irâ a Prixeletes en busca de inspiraciôn?---pregunta Vercingetorix.

----En busca de inspiraciôn êl?, quê va!!, que lo conozco---dice Kifisodoto.

----Estâ usted, Kifisodoto, seguro?

----Un druida acudiendo a una de las tres drîadas!!

----No hace falta que me expliques, Kosmos---dice Vercingetorix.

----Drîada, no es âcratica Jancia?----pregunta Perrasiestes.

----Cenutrio no complîquese gratuitamente, abra la puerta del magîn---suelta y

Kosmos.

----La que no tiene sobrenombre!!----afirma el didâscalos filosôfico.

----Cômo, cômo?----fisga Perrasiestes.

----Thyrepanoiktês!!, êsa es la res!!----clara Kosmos.

----Cômo, quê tû has dicho?----pregunta Kosmithôs.

----Y quê dîceme de la divisa, cazador?

----Que me callo, Kosmos, por no comprender.

----Y risas de Kosmos que amplifica: quê bien que côjale el gusto a la fiesta.

----Est res magna tacere!!---exclama el tîo de Kosmos.

----Y punto a la raya y que continûe la letra!!---afirma Kosmos.

----Bueno, me retiro, que es hora de cacerîa---anuncia el cazador.

----Age, cazador, age!!, al avîo, flecha y arco!!


      Simultâneamente el flamen y la signora Lacrusea bâjanse de la albarda y del

caballo perteneciente a la guardia bâtara, ya que aquêl sometîa al cuadrûpedo a y

una velocidad tan lenta, que hasta la mismo caballo tenîa la necesidad de humec-

tar su lengua. Seguido al acto desmontable, el flamen agarra el arreo y conduce a

pie al animal hasta Albula. La signora Lacrusea un tanto cansada, sudando, venti-

lâbase su jeta con un movimieno de mano continuo; como si êsta fuera, con vari-

llaje de caña, un abanico propicio (calaña); a medida que caminaba no podîa [ ni

volitivamente] tachonar de forma breve a la sûmula correspondiente a la que lle-

gaba  su edad, razôn por la cual o motivo justo de que su cansancio descollara, si

no que notable hiciêrase en tropel. Ser de rigor el autoembrisado entonces, el ali-

vio cosiato, el deleite corto por un alivio menester, elixir que no impedîale a la y

signora Lacrusea clasificar los pasos del flamen de con suma pachorra, aunque y

tambiên  de parsimônicos, siendo tal clasificaciôn no tan de su agrado, empero a

la postre no era imposible como tal, o sea, que como era (clasificaciôn) en su ôn-

tico pensar sucedîa. Ya estando en Albula, y aunque clasificarlo de esta forma re-

sulte supergrande, de tal guisa que por enorme no ocasiona pejigueras en un ines-

perado sueño, perînclito denominô el grito el flamen que ineludiblemente por sus

oîdos penetrô con vigor subrayado, lo que entonces diole pâbulo de hacer una râ-

pida pesquisa; la que basôse, utilizando la vista, en dirigir sus retinas en varias di-

recciones en busca y hallazgo del porquê del susodicho grito. A continuaciôn, se-

guido a una observaciôn coralina es testigo visual de la concupiscencia de Jancia

sometida a los toques acicateantes de nada mâs y nada menos que de cuatro luju-

riosas  manos, y que no eran otras que las dos de Prixeletes y las dos de el colose-

ro. Esta detectaciôn a su vez por la signora Lacrusea, pero de forma favorable por

la razôn que hîzole retornar a un remoto pasado, dejôla un tanto emocionadîsima,

granada causante del tempestivo suspiro que padeciô su organismo, hasta el pun-

to de que su magnanimidad fuera la magia que provocôle un olvido de su cansan-

cio tenido, aunque multiplicârase (su)dor que no extinguirîa ninguna calaña.







 











  

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