Amplificô Kosmos, que no quedarîa blanco de la tercelona la mascarada
de un gentilicio, el artificio (si no que maula) por razones repasadas, a raîz de
que el cazador atisbara la estatua pequeña [ de Hermes cargando al niño Dio-
nisio]; y dijese, seguido a un hallazgo de la vista, que el nombre del artîfice no
estaba grabado a su pie.
-----Entonces, Kosmos, la tercelona de la verba, no?---fisga el cazador.
-----Câspita!!, que dêjame usted jovial, cazador, por la comprensiôn sûbita de
la transposiciôn cuasi obligatoria, de ahî que no falte o se ausente de mi parler
sans accent---dice Kosmos mezclando pincelada con ironîa.
----Kosmos, no llegô a mi katalêpsis lo ûltimo de lo que dijiste, mas no sê por
quê me parece que es una de tus artilugios expresivos---señala del didâscalos.
----Yo sôlo sê que dîjelo!!---afirma Kosmos que dîcele al cazador: la estatua es
un trabajo de Prixeletes, el artîfice es êl, ese mismo.
----El artîfice se ausenta por su presencia, en otro lugar, amorosa---versa el va-
te.
----Por lo que entiendo, Kosmos, que el no grabar su ônoma fue un câlculo an-
ticipado por Prixeletes, no?---indaga Asonis.
----Mâs o menos estâ usted, Asonis, captando la emisiôn---dice Kosmos.
----Cômo le irâ a Prixeletes en busca de inspiraciôn?---pregunta Vercingetorix.
----En busca de inspiraciôn êl?, quê va!!, que lo conozco---dice Kifisodoto.
----Estâ usted, Kifisodoto, seguro?
----Un druida acudiendo a una de las tres drîadas!!
----No hace falta que me expliques, Kosmos---dice Vercingetorix.
----Drîada, no es âcratica Jancia?----pregunta Perrasiestes.
----Cenutrio no complîquese gratuitamente, abra la puerta del magîn---suelta y
Kosmos.
----La que no tiene sobrenombre!!----afirma el didâscalos filosôfico.
----Cômo, cômo?----fisga Perrasiestes.
----Thyrepanoiktês!!, êsa es la res!!----clara Kosmos.
----Cômo, quê tû has dicho?----pregunta Kosmithôs.
----Y quê dîceme de la divisa, cazador?
----Que me callo, Kosmos, por no comprender.
----Y risas de Kosmos que amplifica: quê bien que côjale el gusto a la fiesta.
----Est res magna tacere!!---exclama el tîo de Kosmos.
----Y punto a la raya y que continûe la letra!!---afirma Kosmos.
----Bueno, me retiro, que es hora de cacerîa---anuncia el cazador.
----Age, cazador, age!!, al avîo, flecha y arco!!
Simultâneamente el flamen y la signora Lacrusea bâjanse de la albarda y del
caballo perteneciente a la guardia bâtara, ya que aquêl sometîa al cuadrûpedo a y
una velocidad tan lenta, que hasta la mismo caballo tenîa la necesidad de humec-
tar su lengua. Seguido al acto desmontable, el flamen agarra el arreo y conduce a
pie al animal hasta Albula. La signora Lacrusea un tanto cansada, sudando, venti-
lâbase su jeta con un movimieno de mano continuo; como si êsta fuera, con vari-
llaje de caña, un abanico propicio (calaña); a medida que caminaba no podîa [ ni
volitivamente] tachonar de forma breve a la sûmula correspondiente a la que lle-
gaba su edad, razôn por la cual o motivo justo de que su cansancio descollara, si
no que notable hiciêrase en tropel. Ser de rigor el autoembrisado entonces, el ali-
vio cosiato, el deleite corto por un alivio menester, elixir que no impedîale a la y
signora Lacrusea clasificar los pasos del flamen de con suma pachorra, aunque y
tambiên de parsimônicos, siendo tal clasificaciôn no tan de su agrado, empero a
la postre no era imposible como tal, o sea, que como era (clasificaciôn) en su ôn-
tico pensar sucedîa. Ya estando en Albula, y aunque clasificarlo de esta forma re-
sulte supergrande, de tal guisa que por enorme no ocasiona pejigueras en un ines-
perado sueño, perînclito denominô el grito el flamen que ineludiblemente por sus
oîdos penetrô con vigor subrayado, lo que entonces diole pâbulo de hacer una râ-
pida pesquisa; la que basôse, utilizando la vista, en dirigir sus retinas en varias di-
recciones en busca y hallazgo del porquê del susodicho grito. A continuaciôn, se-
guido a una observaciôn coralina es testigo visual de la concupiscencia de Jancia
sometida a los toques acicateantes de nada mâs y nada menos que de cuatro luju-
riosas manos, y que no eran otras que las dos de Prixeletes y las dos de el colose-
ro. Esta detectaciôn a su vez por la signora Lacrusea, pero de forma favorable por
la razôn que hîzole retornar a un remoto pasado, dejôla un tanto emocionadîsima,
granada causante del tempestivo suspiro que padeciô su organismo, hasta el pun-
to de que su magnanimidad fuera la magia que provocôle un olvido de su cansan-
cio tenido, aunque multiplicârase (su)dor que no extinguirîa ninguna calaña.
Keine Kommentare:
Kommentar veröffentlichen