A raîz de una selecciôn mutua, entre ambos de una sûmula de imagos de po-
siciones en el liber La vida erôtica de los griegos antiguos, el colosero y la cam-
pesina despojâronse de sus ropas, asimismo que taponâronse los oîdos por una
peticiôn de la campesina, que estaba interesada en saber cômo oîase ella misma
una vez adentro de su corpus el causante o responsable de los saltos posteriores,
aunque tambiên de la transformaciôn de algûn estado previo en otro dador de la
jovialidad breve, debido a una programaciôn tempestiva que de consuno con un
mecanismo oculto ofrece un beneficio efîmero. Una vez adoptada la posiciôn, la
consistente en que el colosero parado cargaba a la campesina, y êsta elevaba sus
piernas para ponerlas sobre los hombros de aquêl, allende que el infalible y nece-
sario sujetamiento del colosero por la espalda de la campesina para que no fuêra-
se hacia detrâs, sin dilaciôn alguna ambos entrêganse a la fruiciôn con soltura re-
galada. Non plus ultra de unos siete minutos del inicio de la actividad, la que de
tal guisa no inclûyese entre las ingratas o las que conturban, Sunev ignorando lo
que pasaba adentro llega al cuarto de los ya poseîdos por la materia de Cupido y
toca dos veces a su puerta, pero menos que para convertirse en una simple y me-
ra espectadora tanto que mâs para recuperar el liber prestado por Kosmithôs a su
hermana. Al tener la puerta madera gorda el alzamiento de la voz por la parte de
los con tenencia (de)leite no se escuchaba, algo que sôlo podrîa saberse de forma
reducida en el caso de pegar un oîdo a la madera de la puerta, empero como êste
no fue el caso, y al estar la puerta sin cerrojo y las criaturas con lujuria con sus y
oîdos taponados, Sunev penetra en el cuarto convirtiêndose sûbito en testigo ocu-
lar de lo que estaba pasando. Ipso facto cierra la puerta, no fuera a ser que por ês-
ta saliera el alzamiento de la voz para ocupar espacio entre las columnas de pala-
cio; el que allende, por detalles precisos y pericia de su constructor, caracterîzale
una resonancia ingente, y como tal revelante de cualesquier sonidos pudientes, e
incluidos los acarreados por la voz, razôn por la cual dîcese: cuidado con la reso-
nancia de palacio. En fin que Sunev, sin saber quê hacer, si esperar que termina-
ran o interrumpir la fruiciôn, decîdese por êsta, porque de lo contrario y aunque
virârase de espalda, serîa una testigo a travês de la escucha, porque ella sî que no
portaba tapones. A continuaciôn sobre la espalda del colosero caen unos golpeci-
tos de dedos que ineludiblmente le asustan, los que pensô que eran los adustos de
una mano de Venus---y hasta cierto punto los eran de leerse el ônoma de Sunev y
al revês-----que golpeâbanlo delicadamente con el objetivo de hacerle una señali-
ciôn en lo atinente a que de la forma que movîase no era la correcta, aunque ya y
puesta en marcha diera algûn que otro resultado, calaña que dejaba evidente la y
posiciôn mantenida por la campesina, empero no por flagrante al respecto la bas-
ta y definitiva como para convencer a la propietaria de los actos afogarados que
temperaturizan a los deseos mâs coralinos, los que con ser de rigor apêganse a la
fôrmula cimera que es garante de la lumbre de una oportunidad estrellada, o si y
no que de un instante que pudiera apellidarse excelso, Pero a todo trance no es el
colosero quien pônele cese a la trifena, ônoma relacionado (etimolôgicamente) y
con la tryphê, sino la campesina al preguntarle a êl:
----No sientes que te tocan por la espalda?
----Tan concentrado estâs que ni lo sientes?----pregunta Sunev.
----Ah, eres tû?, yo pensê que era Venus---dice el colosero.
----Pues olvîdate de lo mîtico que soy yo---acentûa Sunev.
----Pero tû no podîas tocar a la puerta antes de entrar?----pregunta la campesina.
----Lo hice dos veces y al parecer no me oyeron.
----Se te olvidô que tenemos tapones en los oîdos?----pregunta el colosero.
----Tanto era el gozo que lo olvidê!
----Vaya olvido, siendo tû la de la idea....
----Bueno, no estoy aquî para participar con ustedes de tal gozo, sino con el objeti-
vo de venir a buscar el libro que me pertenece---clara Sunev mirando a la campesi-
na.
----Y cômo sabes que yo lo tenîa?----fisga la campesina.
----Porque me dijo tu hermano que te lo prestô, pero sin mi consentimiento.
----Y ahora que sabes que lo tengo, me lo prestas por unos dîas mâs?
----De acuerdo!!, pero trâtalo bien, âbrelo con cuidado como si fuera tuyo.
----Sî claro, por eso no te preocupes---dice la campesina abrazando el libro.
----Bueno, entonces me voy, y sigan gozando.
----Disculpa la escena que tuviste que ver; pero de verdad, no te oîmos cuando y
tocaste a la puerta.
----Y cômo, si tenîan los oîdos taponados?
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