Kosmos, y a raîz de la pregunta del cazador, saca su verba a puesto, a colo-
caciôn, ya un tanto enriquecida por el lascamiento que fue haciendo durante el
tiempo que durô el discurso del interlocutor. Empezô a ultranza desentrañando
la madeja por la punta mâs resonante, lo que a la postre es lo cofrâdico y prefe-
rido por selecciôn. Dândole una forma compositiva al corpus de su discurso, lo
que resultarîa su testa no era otra cosa [a todo trance la dirigente y a hurtadillas
la diamantina], que la atinente a un capitân orcivo con danza por ahî en la som-
bra. Abogando por la susodicha danza, ya que sin ella quedarîan sin baile gran
cantidad de pinceladas semânticas [las que a su vez enlazadas conducen al con
movimiento ludus] sin estatismo escolero, destaca que los que la conocen voli-
tivamente han sîdole fiel en el salôn de la Kosmona, de lo saliente que tachada
queda la felonîa, empero asimismo la guasonerîa sin causa o justificaciôn, gra-
tuita o barata, de lo que depende una valorizante prôxima que desarrôllase con
êxito o fluencia tanto como perîstasis que llevada a polêmica. Estas dos posibi-
lidades de alongamiento no quedan desprotegidas; estân muy que bien resguar-
dadas por la sombra capital que mantiene fresca a una cuadratura, por lo que y
decirse pudiera que no periclita la madera de la mesa redonda, y de lo que con-
clusionado obtendrîase la sentencia: los brazos que no caliêntanse disfrutan de
una posiciôn: la de cruzados encima de la mesa, lo que a su vez es un mirîfico
garante de que la disposiciôn a hablar de sus frutos y sus auroras, sus martilla-
zos coloreados; ya que la incomodidad, un factor a tener en cuenta a la hora de
tratar acentuaciones con un fin o una meta, pudiera resultar ôbice con su debi-
da o correspondiente consecuencia: interferir en la facundia que pônele punto
a la raya para que continûe la letra. Dando un salto de mis preferidos, que sig-
nifica tomar distancia del punto que dejê atrâs, lo de Hecatebeletes dejarîame
el magîn como los flamîgeros producto del fuego dado por Erôstrato al templo
de Artemis, que no trâtase por analogîa de buscar una semejanza con una inte-
rior carencia de valoraciôn [la que engendra la llamada de atenciôn a travês de
un acto determinado], sino de un sîmil por la adecuada potencia, lo que podrîa
entenderse entonces, que mi magîn derruirîa cualesquier cosas con pudiencia y
de flamas, o si no que tan prendido lo cercano correrîa pernicio, basta razôn de
que olvîdeme del epîteto doble y pase a mis predios otra lasca sacada de la ma-
sa de su discurso. Con êsta entrarîa a funciôn, a escena, sin tramoya que la res-
palde ni histrionismo que la codifique, la parte inicial (o preludiante desde mi
punto de vista) de su exposiciôn revelante, de que aquellos tiempos eran de in-
tensa magia y de la disciplina imprescindible en el navîo; tildante, y ostensible
estâ, de una sûmula de transformaciones y de una constancia rigurosa de mon-
tones de exigencias, de êstas muchitantas como granos arenosos en el espacio
de una playa: pudiera quedar exento de la presencia de un cangrejo?----conflu-
yen los tiempos con garbo sempiterno---. Ahora bien, que ya sê que resuena y
como matraca china, educiendo por costumbre y amplificando por ser gustoso
y placer, si la intensa magia consta de una disciplina, la disciplina pasa por una
intensa magia, porque nadie puede escapar de los ajustes de un programa ônti-
co atiborrado de filtros y azufres en el laboratorio de la conciencia, sitio preci-
so y sui gêneris destinado a cambios menesteres, y que nada tienen que ver con
los externos heraclitanos, aunque tambiên tengan que ver con un programa jus-
to y exacto, pero in casu por la parte de la naturaleza. Empero sabe usted cosa?
Esto cuenta con un mutismo tremendo, que no es muy disîmil del que debîase
con certeza saber que poseîa alguien previo a la revelaciôn de detalles y datos,
de barruntarle sobre algo precisante de una condiciôn: sine qua non?
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